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viernes, 17 de junio de 2016

Crítica: Yngwie Malmsteen – Odyssey



¿A quién en su sano juicio se le ocurre hacer colaborar a dos de los egos más portentosos y combativos del todo el espectro Rock/Metal para realizar un álbum y pensar que ésa sería una idea que funcionaría? A nuestros amigos de Polydor Records les pareció un plan que resultaría bastante bien en 1988 y decidieron agrupar al explosivo Yngwie Malmsteen –el exhibicionista por excelencia de las seis cuerdas, el que no puede ser contenido por ninguna banda y el Zlatan Ibrahimovic del Metal- con un vocalista que no deja indiferente a absolutamente a nadie, Joe Lynn Turner. A priori, esto era un matrimonio hecho en el infierno y los hechos probaron ser así; Turner y Malmsteen no cesaban en sus guerrillas personales y sus diatribas, pero en el proceso dejaron para el recuerdo uno de los trabajos más sólidos de la carrera de Yngwie –y para un servidor, el mejor de todos. Odyssey es el cuarto álbum de la carrera solista del afamado seis cuerdas sueco y es el punto cumbre de una trayectoria que ha hecho escuela y ha dejado su sello durante sus décadas tocando su estilo excesivo y bombástico en la guitarra. Y cuando le trajeron a Turner, ufff, ni te cuento.


Contextualizando, Yngwie estaba en una racha creativa muy importante cuando se analiza que en su trayectoria solista ya llevaba tres álbumes de gran factura: Rising Force, Marching Out y Trilogy -cada uno con una serie de temazos que me tomaría toda la entrada mencionar y describir como se merecen- posicionaban al sueco como una realidad en el mundo del Metal y como una figura importante para su discográfica, Polydor, por lo que después del éxodo de su segundo vocalista, el excelso Mark Boals, decidieron reemplazarlo con un peso pesado en la escena: Joe Lynn Turner de fama Rainbow. Odyssey es un capítulo bastante interesante en la carrera del guitarrista puesto que refleja la primera y última ocasión en la que cedió parte del poder creativo para crear un compendio de canciones que aunaran de buena manera la grandilocuencia de su inventiva musical y la comercialidad –en el buen sentido de la palabra- que ofrece la impronta de un vocalista tan consumado como Turner. Despreciado por muchos debido a su tono de voz tan “amanerado” y por el hecho de que sus álbumes tienden a tener un enfoque notorio en la accesibilidad comercial –como si eso fuera un obstáculo para hacer un buen álbum-, el americano supo afrontar el reto de colaborar con un sujeto tan volcánico y sanguíneo como Yngwie y aportar lo suyo para facturar un trabajo compacto, claro en ideas y que puede gustar a diferentes sectores de oyentes, si se le da la oportunidad al álbum.

Como dije al principio, era una colaboración destinada a la confrontación si tomamos en consideración el historial de conflictos de Malmsteen con, bueno, todo el mundo y a un Turner que ya tenía su justa parte de experiencias trabajando con personajes complicados y egotistas como le pasó en su estadía en Rainbow con Ritchie Blackmore. Si agregamos a esos dos nombres la contribución de músicos un tanto infravalorados como lo son los hermanos Johansson –Anders en la batería y Jens en los teclados- y el siempre presente Bob Daisley en el bajo –creo que tocó en 16478 álbumes de Metal en los 80s y todos eran buenos-, se tiene un Dream Team capacitado para hacer un trabajo de nivel. Y puede apostar su maldito trasero a que éste lo tiene.


El cuarto trabajo de Yngwie mantiene ciertos conceptos de sus obras previas: predominancia en las guitarras –aunque es cierto que Malmsteen se “contiene” un poco más en este álbum-, muchos pasajes instrumentales, ganchos melódicos –sean instrumentales o en las vocales- y temas a medio tiempo que se ven entrelazados con algunos más veloces y atrevidos. Lo que lo diferencia a los anteriores es la producción superior –de lo mejorcito que van a escuchar en este renglón del sueco en los 80s-, el sonido más portentoso de la batería con ése tono muy de la época, mayor protagonismo en las baladas y un Jens Johansson que dicta cátedra en los teclados como muy pocos en un tiempo donde el instrumento no era tan apreciado como lo es ahora. Incluso podríamos argumentar que el Odyssey supuso un punto de inflexión en lo que después se daría a conocer como Euro Power Metal puesto que la combinación entre Yngwie y Jens con sus solos y en otros pasajes instrumentales durante la obra suponen una influencia directa en bandas que surgieron en los 90s como Rhapsody of Fire o Symphony X (aunque éstos son gringos), por mencionar a un par. Para bien o para mal, este álbum hizo escuela y llevó a la estrella del sueco a volar más alto que en toda su carrera, si lo vemos desde una óptica de mercadeo y comercialidad –en resumen, fue un maldito hit.

Todo lo anterior no quiere decir que la realización de esta obra haya sido plácida y llena de diversión –aunque si bien es cierto que Anders declaró muchos años después que se la pasaban bebiendo en todo momento-; al contrario, ninguno de los dos autores principales de Odyssey, Malmsteen y Turner, gustan en demasía del tiempo que pasaron juntos como compañeros y se refieren al trabajo con cierto desdén. Es fácil de entender cuando se analiza que este álbum fue hecho en el momento en el que el sueco estaba recuperándose del deceso de su madre y de un accidente automovilístico que fue producto de conducir ebrio; era una época en la que Yngwie era un alcohólico empedernido, los hermanos Johansson no recibían mucho dinero por sus contribuciones y Turner arribaba como un movimiento de la discográfica para apaciguar al malogrado vocalista y hacerlo más rentable en el aspecto musical, como quien dice. Yngwie no se recuperó con tanta facilidad; pero sí que pudieron sentarse a trabajar y ahí se notó la diferencia con el fichaje de Turner porque se atestigua un cierto cambio en la fluidez de las canciones: ya no hay tanto énfasis en la vistosidad técnica, sino en la calidad y suntuosidad de la canción; los cortes se dejan escuchar con facilidad y mantienen la esencia de lo que es Yngwie. Crédito a Jeff Glixman, productor de grupos como Saxon o Black Sabbath, por hacer que todo suene homogéneo y cristalino –su trabajo no debe ser subestimado.


La cosa comienza a las mil maravillas con ese balazo sónico de Metal técnico y depurado que es Rising Force: un corte que comienza pletórico con un Anders Johansson protagónico en la batería y que presenta a un Turner en plan estelar desde el principio con una interpretación muy pasional en perfecta consonancia con los rapidísimos riffs de Yngwie. El estribillo me parece emotivo a la par de elegante, además de estar envuelto en un tema épico y donde nos percatamos de la facilidad de gancho del nuevo álbum. Oído a ese duelo instrumental entre Yngwie y Jens; influencia directa en lo que harían Michael Romeo y Michael Pinnella en los 90s con Symphony X.

La segunda pieza del Odyssey es un medio tiempo que irradia un rasgo bastante particular: elegancia. El sueco y su equipo de trabajo tienen eso a borbotones y se nota en esta canción que fluye con naturalidad y que es, a mi criterio, uno de los mejores momentos de Malmsteen en la guitarra. Sí, Joe suena fenomenal en las tesituras pausadas y más relajadas de esta canción; pero las melodías y solos que se despacha el “jefe” de la operación son, francamente, arrebatadoras. Tal vez Yngwie ya no es lo que una vez fue, pero en su apogeo, era capaz de genialidades como ésta. Por el otro lado, se ha mencionado muchas veces que la llegada de Turner “suavizó” el sonido del combo; convengamos que siempre hubieron composiciones en el repertorio del seis cuerdas que eran material de singles, siendo You Don’t Remember, I’ll Never Forget un antecesor directo de uno de los hits de este álbum, Heaven Tonight. Es una buena canción y sigue los patrones de la mayoría de los temas accesibles de Hard Rock de los 80s, entendiendo esto por el uso de sintetizadores, mucho medio tiempo, un estribillo pegajoso y un trabajo pulcro en la guitarra.


He hecho mucho hincapié en lo que representó este Odyssey para la siguiente generación de músicos metaleros en los 90s y es que me es imposible pensar que el 88% de las bandas de Power Metal que hicieron vida en la siguiente década no tomaron nota del porte, señorío e indiscutible calidad de un temazo como Dreaming (Tell Me). Esto no es una balada, sino una clase dictada por cinco grandes músicos acerca de cómo erigir un tema imperial –tomen nota, por Dio. Atmosférico, apaciguado y hasta un poco taciturno en su entrega, Dreaming escapa de los paradigmas de repetitividad de otros temas similares y es una composición donde se atestigua la fascinación de Malmsteen por la música clásica; su labor en la guitarra es minuciosa y oportunista porque sabe cuándo soltar la vertiginosidad de su solo para dejarte sin aliento y cuando dejarte respirar. Turner se encuentra en su zona vocal y suena como los grandes en, a mis oídos, la mejor balada de Yngwie Malmsteen.

Regresamos a la agresividad con Bite The Bullet y se retoma el camino dejado atrás en el debut, Rising Force: una composición instrumental donde Yngwie le da rienda suelta a su habilidad quemando el mástil, cosa que le ha ganado la reputación de un “masturba mástiles”, y se permite un solo extendido que pienso que no resta ni suma a la obra. En una línea similar (pero con vocales), Riot In The Dungeons ataca y asalta con premura al oyente; es un tema intenso y que te mantiene interesado durante toda su duración mientras Turner suena muy bien complementando las brillantes partes de guitarra y teclado de Yngwie y Jens, respectivamente. El álbum posee una estructura muy clara de canciones y saben responderte bajo ese concepto; algunos lo verán como algo repetitivo, pero a un servidor le gusta lo compacto y lo sólido de las composiciones.

Una de mis canciones favoritas del trabajo es Deja Vu –no confundir con el otro temazo de Maiden-, que es un medio tiempo bastante gozador y que contiene un interludio instrumental donde Malmsteen se luce completamente y se roba el show. El estribillo va directo al punto y se quedará en tu cabeza sin mucho problema, como la mayoría de los coros en este álbum. Crystal Ball, por el otro lado, es un Hard Rock conceptuado en su mayoría por Turner –hubo una polémica en su momento con este tema porque, al parecer, Malmsteen habría tomado el crédito de la composición- y con mucho más protagonismo del sueco en la guitarra en comparación con el resto de la obra. Jens Johansson toma el asiento del conductor en la introducción de Now is the Time y su hermano no tarda en unirse a la fiesta para desembocar en un corte accesible, ganchero y que les recordará en algunos pasajes a lo que el vocalista hizo con Blackmore en Rainbow. Una canción que, aunque buena, no me dice mucho, siendo sincero, y que pienso que podría haber sido mejor. También tiene una cierta influencia de Bon Jovi.


¿Quieren magia, intensidad y calidad a raudales en una sola canción? Pues el grupo se saca un as de la manga con Faster Than The Speed of Light o como yo la llamo: la mejor canción del álbum. Parecida a las piezas más aceleradas, la banda se pone a su máxima velocidad y desatan un sinfín de riffs, golpeteos de batería y vocales majestuosas en un vendaval musical que no dejará indiferente a nadie. Y si tienen dudas, el solo de Yngwie es BRUTAL y es seguido por unos instrumentistas que nunca han recibido el crédito merecido por ser dos de los mejores músicos con los que ha contado el sueco en su dilatada trayectoria –la verdad es que lo de los hermanos Johansson en esta canción (y en todo el álbum) es para sacarse el sombrero. Y si no tienen sombrero, pues búsquense uno y quítenselo para felicitar a estos dos cracks de la música. Si quieren engancharse con la banda de Malmsteen, vayan directo a esta canción y les aseguro que querrán más –eso me pasó a mí.

Odyssey se nos despide con dos temas instrumentales, aunque los dos son de características diferentes. El primero, Krakatau, es una canción donde se resalta el talento de los cuatro músicos que integran la sección de instrumentos y es interesante porque te permite escucharlos totalmente “sueltos”, como se dice coloquialmente. Hay un pasaje en el intermedio de la canción donde la cosa se calma y se agregan ciertos elementos acústicos; un detalle que me gustó mucho y que luego va in crescendo hasta un desenlace brutal. La segunda canción es Memories y hace las veces de epílogo con una guitarra acústica en una temática de música medieval que sirve para relajarnos tras todo el buen Metal que hemos catado y es que el díscolo sueco finiquitó los 80s, la década en donde se dio a conocer al mundo y donde cosechó más éxitos, en la cúspide de su capacidad creativa.

El álbum fue el más exitoso de la carrera de Yngwie Malmsteen y supo posicionarlo en lo más alto; hizo una extensa gira que fue encapsulada en el recomendado directo Trial By Fire: Live in Leningrad, donde pudimos ser testigos de una banda en un punto cumbre de sus trayectorias y desplegándose a sus anchas. Sí, la producción de este trabajo fue un caos, la relación Yngwie-Turner fue una fórmula para el desastre y el ego desmedido del sueco lo privó a posteriori de tres músicos que lo hubieran llevado aún más lejos de lo que llegó en su carrera; pero no por eso hay que menoscabar la importancia y el enorme nivel que despliega un álbum como Odyssey que, envuelto en tanta calidad por esos años –estamos hablando del ’88 y por esos años abundaba el talento-, tal vez un poco desapercibido. No, señores; Odyssey fue el resultado final de una unión que nunca iba a terminar bien y eso mismo fue necesario para crear dicho trabajo: esa tensión, es frustración y, por qué no, esa rabia sirvieron para confeccionar una obra maestra que, para bien o para mal, dejó su huella en el credo del género.

El tipo de Polydor que haya dicho “Hey, deberíamos juntar a Turner con Yngwie” debe ser un maldito genio.

jueves, 31 de marzo de 2016

Crítica: Slayer - Repentless.



Quienes me han leído con asiduidad en este lugar o en algunas otras páginas que frecuento como escritor –ustedes saben cuáles son-, estarán enterados de que la mayoría de los álbumes que he reseñado son aquellos que me gustan o de los que trato, por lo menos, de extraer cosas positivas. Un amigo una vez me dijo que, en su debido momento, me tocaría escribir sobre obras por las que no sienta mucha predilección, cosa que es verdad, pero la realidad es que siempre he preferido escribir acerca de lo que me gusta en lugar de despotricar contra un trabajo o una banda en particular por el mero hecho de que una canción, una obra e incluso una carrera me ha decepcionado –en especial cuando siempre hay alguien que puede apreciar cosas en dichos casos que tú no aprecias. Un pensamiento bastante altruista de mi parte, lo sé. Habiendo dicho eso, en los últimos meses he desarrollado esa necesidad de expresar lo que opino y siento hacia una agrupación que siempre ha sido enaltecida como una especie de grupo intocable por lo que emanan para sus aficionados –aunque esta costumbre es bastante notoria en casi todos los fans del Heavy Metal-, pero que ha hecho tantas burradas en los últimos tiempos que finalmente pienso que tengo algo que decir al respecto con mis dos centavos de opinión: Slayer y una carrera que se ha ido al garrete. Esto último cubre los últimos 25 años.

Los tiempos recientes han sido complicados para la banda de Tom Araya y Kerry King. La tercera separación del combo norteamericano con su baterista fundador e icono, Dave Lombardo, no pudo haber sido de peor manera con él soltando linduras acerca de King y cómo la agrupación es manejada como un negocio donde una pieza tan importante como él no veía mucha compensación monetaria por sus servicios –todo esto derivó en una novela dramática acerca del manejo del sustento financiero de Slayer como si fueran un banco o una empresa de cualquier índole. Cosa que es entendible –al fin y al cabo, un grupo de esta envergadura ya es más un negocio que una fuerza artística-, pero que demuestra la falta de apreciación hacia una figura que es uno de los rasgos sonoros más característicos de Slayer –la batería de Lombardo es clave para comprender lo que es la banda de California. Ojo, yo respeto totalmente la carrera de los de King a través de los años: sus cinco primeros álbumes son seminales para el desarrollo del Metal extremo, su directo es uno de los mejores del mundo e incluso he disfrutado con algún que otro tema suelto de sus obras posteriores al gran Seasons in the Abyss de 1.990. Pero es escuchar las constantes peleas por dinero, las problemáticas insulsas con otras bandas y el maltrato verbal al fallecido Jeff Hanneman por parte de su otrora compañero King y me hago la pregunta: ¿Qué tan diferentes son los Slayer actuales de los Metallica a los que se ha denostado a ultranza en los últimos veinte años? Cielos, me leo y sueno como un fanático irredento de los de Ulrich –que también he dicho que se merecen su respeto por su pasado y su crítica respectiva por el presente-, pero digo esto para ilustrar el contexto de putrefacción administrativa que circunde a la banda de Kerry King y Araya.

Todo esto estaría bien si la calidad de la música de Slayer –o el producto que ofrecen, si nos queremos mantener en la jerga de negocio- se mantuviera en un cierto estándar –después de todo, hay muchos artistas de diferentes disciplinas y épocas que han alegado que los periodos de tensión sacan lo mejor de ellos. La progresión de la banda de Thrash Metal es interesante en el sentido de que su modus operandi ha cambiado desde su cenit en los 80s y principios de los 90s en comparación con el resto de su carrera: de mantener una base musical sólida y de hacer leves, pero importantes modificaciones en su sonido (los 80s y principios de los 90s) a mantener la misma línea de trabajo a partir de mediados de los 90s –exceptuando la experimentación de Diabolus In Música, claro está. Quienes digan que Slayer y compañía nunca han experimentado en su sonido no saben de qué va esto, en mi opinión; uno escucha el Hell Awaits en toda su gloria impía y suena claramente diferente a la precisión y contundencia de un Seasons in the Abyss. ¿Qué me pueden decir de la velocidad avasalladora de Reign In Blood en comparación de los ritmos más densos, sombríos y atmosféricos de South Of Heaven? Y ninguno de los álbumes acotados se asemeja al génesis más Heavy y “venenoso” de la banda, Show No Mercy. Verán, debajo de lo que parecía ser una inamovible filosofía sonora yacía una plétora de creatividad en Slayer que les permitía hacer álbumes de Thrash Metal fenomenales y al mismo tiempo mantenerse frescos e incluso un tanto innovadores; un duro y cortante contraste con su versión actual que peca de repetitividad y entregan con una consistencia alarmante trabajos que, a oídos de un servidor –no represento en absoluto a ningún otro oyente de la banda-, no aportan a su catálogo ni al de sus fans.

Repentless no es un álbum de Slayer; es sólo otra pieza más en el narcisista castillo musical de Kerry King que debería ser llamado “Kerry King feat. Tom Araya – Repentless”. La participación de dos músicos de primer nivel como Gary Holt en la guitarra y Paul Bostaph en la batería reemplazando al gran Dave Lombardo es algo totalmente superfluo en el desarrollo del sonido de la banda –principalmente porque el sonido no es más que un refrito constante y la banda ya no es una como tal. Yo estaba seguro de que el álbum iba a sonar como suena, pero tenía la vaga ilusión de que los fichajes de estos dos tremendos músicos harían que el estilo de Slayer mutara un poco hacia algo diferente; no mejor o peor, sino simplemente diferente. Trabajos sempiternos como Hell Awaits, Reign in Blood o South of Heaven eran álbumes oscuros, poderosos e intensos; pero se basaban en unas composiciones brillantes y con una musicalidad que les permitía variar de forma leve (aunque notable en su impronta) el sonido de la banda en cada entrega –cosa que no hacen desde hace mucho tiempo. Un álbum tan vilipendiado como Diabolus in Música, con todas las virtudes y defectos que pueda acarrear, era por lo menos un intento de la banda de variar un poco y salirse de la rutina. Sí, probablemente fue un experimento fallido, pero había un intento por reestructurar una fórmula agotada. Curiosamente, ese álbum había sido conceptuado en casi su entereza por Hanneman –saquen sus propias conclusiones. Y en muchos casos, probar algo diferente te permite desarrollar nuevas virtudes; pero creo que pedirle innovación a los de Los Ángeles es como pedirle un trío a dos modelos suecas: sabes que te vas a llevar una decepción, pero de todas formas guardas la tenue esperanza de que te digan que sí. Al final sabemos cómo acaban ambos casos, ¿verdad?

Escuchar Repentless es como ver una película de Arnold Schwarzenegger en los 80s: sabes exactamente lo que vas a recibir y hay aproximadamente un 0% de sorpresa en la propuesta. Sólo que Slayer no te vende el producto con el carisma y aplomo del austríaco; al contrario, hacen el proceso de escucharlo cada vez más difícil de digerir. Podría hacer un análisis extensivo de cada tema, pero eso sería caer en un esfuerzo superfluo e innecesario. Lo que impera en este álbum es la pesadez estilística de la banda por seguir estirando un sonido del que ya no pueden extraer más ideas o conceptos; todo se basa en los mismos ritmos rápidos y conocidos que, por más brutales que suenen, se han convertido en algo totalmente predecible. Y es que todo lo que puedan esperar de los Slayer de hoy en día está aquí: velocidad abrasadora, riffs afilados de King –Holt solo está para hacer lo que el pelón le diga- y un Araya que grita como un poseso en el 95% del álbum. Sucede que hemos escuchado eso un millón de veces ya. Por eso hago hincapié acerca de la inclusión de Holt y Bostaph puesto que dos músicos de este talante deberían tener mayor potestad en las composiciones, pero sólo siguen los patrones de los designios del patrón. El problema de los Slayer actuales radica en el hecho de que suenan pesados y caóticos por el simple motivo de la reputación que conlleva ser Slayer. Para ellos, es casi una obligación sonar como suenan y no es ninguna sorpresa que el resultado final sea así cuando realmente no quieren sonar así; y si dicen que lo desean, se están engañando a sí mismos como aficionados porque no atisbo el menor resquicio de calidad o pasión en esta obra, más que tenues destellos en algunas piezas del álbum.

Claro, el álbum es un éxito en ventas en varias partes del mundo y la prensa “especializada”, sin el menor coraje para decirles sus verdades al grupo por temor a perder una entrevista, les rinde pleitesía a este disque trabajo llamándolo “una obra maestra” o “un retorno de los maestros”, así que King puede dormir tranquilo a sabiendas de que no han publicado básicamente nada y han obtenido una ganancia de ello, al más puro estilo de empresa capitalista salvaje. Éste es un trabajo arrogante y forjado bajo el precepto de que pueden hacer pasar cualquier cosa como un álbum de Slayer y salirse con la suya. Ojo, yo no critico a la banda por su deseo de generar dinero a base de sus trabajos puesto que al final del día viven de ello; critico el hecho de que publiquen álbumes totalmente innecesarios e intrascendentes en su discografía por el mero hecho de forrarse los bolsillos –que al aficionado, por más pasional y parcial que pueda ser, no se le puede ofrecer cualquier porquería o despropósito. Slayer han sido vapuleados (justamente) por sus aficionados por las acciones nocivas y dictatoriales de un líder que ha perdido el control de la banda y no sabe qué hacer al respecto, además de encender el piloto automático, hacer más álbumes innecesarios y aprovechar las proezas de su directo para seguir capitalizando con el deseo de sus aficionados de verlos en vivo –esto último siendo algo totalmente entendible, desde la óptica de ambas partes puesto que consiguen un beneficio mutuo. No importa para nada el retorno de Lombardo hace unos años, ni que fallezca Jeff, ni que músicos de primer nivel como Holt o Bostaph –quienes han hecho muy buenos álbumes en los últimos años- se unan a Slayer. Nada de eso importa. Hoy en día, esta banda es una empresa que gira en torno a un músico desfasado y que actualmente no puede componer un tema decente para salvar su vida llamado Kerry King. Repentless es la representación absoluta de los Slayer que tenemos hoy: sosos, repetitivos y sin ideas. Un grupo pesado y ruidoso que nos pone a todos a dormir.

viernes, 18 de marzo de 2016

Crítica: Rage – End of All Days



¿Nunca les ha pasado que se encuentran saturados por haber escuchado a los mismos grupos una y otra vez hasta que nada parece sacarlos de ese sentimiento de hastío en el que se han sumergido? ¿Que sienten que ya lo han escuchado todo y necesitan algo que, de la nada, los “despierte” de ese estado de aburrimiento? A mí me había pasado hace ya casi cuatro meses hasta que me topé con esta maravilla de los alemanes Rage –grupo trabajador y de nivel donde los haya-, el poco conocido End of All Days. Si ustedes son como yo y están buscando un álbum que de verdad se apodere de ustedes, los inmersa en un headbanging brutal y se vuelva su compañero durante mucho tiempo, no busquen más que este trabajo de los Peavy es un trabajo fenomenal y de los que ya no se hacen.

Rage son ese tipo de banda en la línea de Saxon, Overkill o Motörhead: agrupaciones que, sin alardes o polémicas, han sabido construir y cimentar carreras duraderas que han dejado una buena cantidad de álbumes de un alto nivel. Y los de Rage son un combo que nunca ha tenido el crédito merecido y que siempre ha abogado por progresar en sus carreras a través de buen Metal. Los germanos no la tuvieron fácil al haber sido coetáneos generacionales de entes como sus paisanos Power de Helloween, Blind Guardian, Grave Digger y Running Wild o sus hermanos más agresivos como Kreator, Sodom, Tankard y Destruction. A pesar de la poca recepción en un estrato internacional, el aplomo y la calidad de la agrupación de Peavy Wagner –vocalista, bajista, compositor, corazón, riñones y pulmones de la banda- no puede ser debatido y en pleno apogeo de las corrientes menos propensas al Metal de corte más clásico como fueron los 90s, éstos caballeros se sacaron de la manga este poderoso End of All Days tras una seguidilla magnífica de álbumes como The Missink Link, Trapped! y Black In Mind.

La alineación fue la misma que hizo el Black In Mind en 1.995 y podemos atestiguar que el grupo se hallaba en un estado de forma envidiable con los Efthimiadis en la guitarra y en la batería, además de Sven Fischer en las otras seis cuerdas. Lo que hace realmente brillante a este álbum –y a Rage, para esos efectos- es la habilidad nada desdeñable de abarcar diferentes estilos de canciones y diferentes experimentaciones sin jamás perder esa identidad y esencia de Metal de la vieja escuela que es tan característica en la banda. Se mueven por todos lados, pero sabemos de dónde vienen, por así decirlo. End of All Days tiene material para todos los gustos y supone un álbum un tanto olvidado en el gran espectro del Metal en una época donde se fraguaba una evolución masiva de múltiples vertientes en el género y muchos grupos, muchos tremendos grupos, no contaron con la difusión necesaria. Los de Rage entran en la categoría expuesta, pero que nadie se equivoque, ¿eh? Éste álbum puede mirar de tú a tú a muchos álbumes de las vacas sagradas y salir bastante bien parado.

El estilo de estos alemanes se ha convertido en una debilidad personal de un servidor con esa propuesta donde mixturan el lado más contundente del género con melodías que se quedan en tu cabeza y con un Peavy que se muestra flexible en las vocales, pero sin perder esa tonalidad tosca tan de él. Sin adentrarnos mucho en el álbum, el puñetazo en la cara que supone Under Control como corte de apertura es la prueba fidedigna de que aquí no estamos tratando con ningunos segundones o los típicos Helloween wannabes que tanto pululan por Europa; estamos tratando con unos músicos experimentados y que han aprendido a través del fallo y el error para hacer obras de este nivel. La canción es vertiginosa, poderosa, pesada y con melodías vocales que engancharán a los más escépticos con el grupo; en esencia, Rage encapsulado en cuatro minutos intensos y viscerales. El tándem de guitarras fue un valor agregado a un grupo que hasta Black In Mind operaba con un solo seis cuerdas y le otorgó al grupo (más) contundencia.

Un clásico de la era moderna del grupo en Higher Than The Sky: una de las composiciones más comerciales del álbum, pero que integra riffs bastante buenos y un coro pegajoso como pocos. Este grupo siempre ha tenido mucha influencia del Speed Metal e incluso un poco del Thrash, pero aquí se denotan poderosamente sus raíces de Power Metal germano. Menos velocista y con más énfasis en los riffs se muestra Deep in the Blackest Hole con un Peavy empleando la flexibilidad señalada en sus vocales y con el binomio de guitarristas ejecutando un set de melodías bastante bueno para erigir una canción gozadora como pocas. End of All Days tiene catorce canciones y tal vez eso pueda parecer pesado, pero la realidad es que escucharlo en un momento de tranquilidad se hace bastante sencillo y es un álbum de fácil escucha sin muchas florituras de sus autores –hacen canciones efectivas y de calidad sin alardes técnicos.

El tema título tal vez baja un poco el nivel a mi criterio; no sé, siempre la he visto un poco repetitiva, pero ése soy yo. De todas maneras, es una pieza rápida en la línea de Higher Than The Sky en su estructura de riffs pegajosos y un estribillo que se queda clavado en la cabeza de uno. Reconozco que Visions, por el otro lado, es una debilidad personal con su cambio constante de ritmos, un Peavy imperial y unas guitarras que parecen alternarse entre los riffs rompe cráneos y la elasticidad melódica de otros pasajes del álbum. Una canción más Power Metal y con un porte tal vez más alegre que las canciones previas, pero sin perder el punto de lo que es Rage. Como dije al comienzo de la entrada, la banda no está exenta de darse sus momentos de variedad y en Desesperation atestiguamos una cuasi-balada de los germanos, aún con su dosis sana de riffs afilados en algunas partes de la canción.

Voices From The Vault es más atmosférica que las canciones previas en su comienzo para posteriormente convertirse en un Heavy Metal clásico reminiscente a Accept –al menos para mí porque varios conocidos me han dicho que no lo ven el parecido a sus paisanos- que, a mis oídos, tal vez es la más débil hasta el momento del álbum. Me parece que nunca termina de despegar. El nivel sigue manteniéndose alto con Let The Night Begin, una pieza similar a la previa pero más gozadora, en mi opinión, aunque es tal vez durante el intermedio donde el trabajo flaquee un poco. Uno de los puntos altos es con los ritmos más de ultratumba de Fortress, donde podemos escucharlos dejando de lado la velocidad y la premura para enfocarse más en el feeling y en atrapar al oyente con los tremendos guitarristas que se gastan y un Peavy cargando el peso de la composición. Un tema que debe ser escuchado para contemplar a Rage fuera de su elemento y haciéndolo de muy buena manera.

¿Extrañaban la energía y la esencia Speed de estos muchachones? Pues Frozen Fire iguala la agresividad de Under Control y es una composición ávida de hacer headbanging en un concierto lleno de metaleros borrachos. Peavy muestra su lado más pendenciero y ruge como un león arrecho; por el otro lado, el baterista se faja con el doble bombo y las guitarras hacen un trabajo bastante típico yendo por la yugular, pero siendo efectivos en el proceso. Manteniéndose en la estela más pesada de su propuesta, Talking To The Dead hace una ínfima mezcolanza de la brutalidad de sus cortes más brutos con los más melódicos para tener como producto final una canción brillante y de las mejores del álbum.

Más y más tralla con estribillos memorables en la forma de la resoluta Face Behind The Mask, que es una canción similar en conceptos a Visions o el tema título. Una de las más hímnicas del End of All Days es Silent Victory con unas vocales bastante buenas de Peavy y unas guitarras que determinan el andar de la canción de manera brillante para desembocar en un coro que, a mi criterio, tal vez sea un poco predecible. Esta magnífica demostración de Metal en todo el sentido de la palabra termina con mucha clase; Fading Hours es una tenue balada de piano que evoluciona en un final épico y memorable que haces las veces de epílogo para nosotros tras habernos adentrado en el viaje de uno de los trabajos olvidados de los 90s y que debería ser revisitado por cualquiera que desee escuchar Metal de nivel.

End of All Days es un buen álbum. Muy bueno. Tal vez hasta es fantástico. Su fortaleza es que las composiciones son un seguro de vida; Rage y sus miembros varían en la propuesta, pero siempre conscientes de qué ofrecer y qué desean sus oyentes. Son una banda que, como dije previamente, no se distraen con florituras ni nada por el estilo; lo suyo es proveer a sus fans de un producto sólido y con contenido, cosa que es, sin ninguna duda, este trabajo que debería ser mucho más valorado. Como sus creadores. Pero bueh, más para nosotros, ¿no es así?

domingo, 7 de febrero de 2016

Crítica: Forbidden – Raw Evil: Live at the Dynamo



Los EPs siempre han cumplido una función bastante clara en el mundo de la música: dejar a la audiencia queriendo más. En los 80s, tal vez la época en donde el balance perfecto entre calidad musical y accesibilidad en el mercado existió, la función de estas mini publicaciones era servir como un entremés mientras nuestros artistas favoritos elaboraban sus nuevas obras para deleitarnos. Normalmente, éstos EPs contenían uno que otro tema nuevo y un par de versiones en vivo o alguna rareza compositiva que se hubieran dejado en el tintero durante el proceso de grabación de sus álbumes previos. De vez en cuando, algunas agrupaciones de Metal –que es lo que hablamos en este Blog, al fin y al cabo- publicaban una suerte de mini Live en estos formatos y eran unas rarezas encantadoras que podían mantener a cualquiera deseoso de saber más al respecto. La banda estadounidense de Thrash Metal, Forbidden, se sacaron de la manga este breve pero avasallador EP de su actuación en el ahora extinto festival Dynamo de Holanda en el ’89 donde conquistaron como cual emperador romano metalero a cientos de europeos. Una joya olvidada del Metal extremo de los 80s cuyo defecto genuino es que extremadamente corto.

Aunque nunca consiguieron colarse en la elite del Thrash, los de Forbidden estaban en un momento de forma pletórico durante la grabación de este pequeño directo –es una captura de una banda en su apogeo. Forbidden Evil fue, para un servidor, uno de los mejores debuts que se podían escuchar del sub-género Thrash por esa época y la calidad de la agrupación de Russ Anderson y Craig Locicero era incuestionable entre la infinidad de grupos under que trataban de hacerse con un resquicio en la comunidad metalera. Con un debut seminal y rebosante de agresividad, vocales estratosféricas –el trabajo de Russ Anderson raya en lo world class en este debut, a mis oídos- y una técnica depurada, los de California partieron a Eindhoven para hacerse con un lugar en un festival notorio como el Dynamo donde grupos de una calidad igual de notoria (y con destinos tristemente similares como el de nuestros protagonistas) como Armored Saint, Savatage, Holy Moses o Sacred Reich también se presentaron. La competición era feroz en las catacumbas del Metal y había que entretener al personal mientras se componía el siguiente trabajo –que acabaría siendo el notable Twisted Into Form-, así que estos muchachones se sacaron de la manga este Raw Evil: Live at the Dynamo: cuatro canciones que sirvieron para atrapar y ensordecer a cualquier que estuviera dispuesto a escucharlo. Y créanme, mis amigos: ustedes quieren escucharlo.

Su título no pudo haber sido más preciso: maldad cruda. La maldad está sobreentendida una vez que se escucha la música, pero la crudeza radica en que ésta es una grabación bastante natural de una banda en pleno auge de su concierto y envueltos con la agresividad que emana el Thrash Metal. He escuchado a personas decir que no es la actuación más “prolija” de la banda en esta gira. ¿A quién le importa? El Metal nació para ser tocado con pasión y cojones; Forbidden en el ’89 tenían de sobra por esas fechas. Sí, la versión de Judas Priest es la última canción del concierto y la ponen de primera; sí, Alvelais y Locicero fallan aquí y allá en la guitarra; sí, Bostaph no siempre se oye con completa claridad y el sonido del EP es extremadamente crudo. Y yo reitero: ¿A quién le importa?

Raw Evil es un episodio singular y necesario en el Thrash Metal: los putos Forbidden en directo cuando más mandaban en el underground y promoviendo su inolvidable debut. Éstas son las cosas y los momentos por los que amo este maldito género musical. Siéntate, amigo, y escucha conmigo estos cuatros actos de catedra acerca de cómo se toca, desde el corazón y las entrañas, el Thrash Metal visceral y poderoso. Se nos vienen los Forbidden en Eindhoven, nene.

Como dije con anterioridad, el EP comienza con la versión de Judas Priest, Victim of Changes. Aunque al comparar una de las dos partes siempre queda lastimada u ofendida, he de decir que esta interpretación de los norteamericanos le hace justicia a la original y los instrumentistas le agregan un toque un poco más pesado que la producción más (lógicamente) setentera del Sad Wings of Destiny. Russ Anderson es uno de los mejores vocalistas del Thrash y escucharlo tocar esta bestialidad de canción, desafiando los registros anormales de Rob Halford, son una prueba fidedigna de su portentosa voz. Una versión que gustará al fan de Priest al igual que al de Forbidden que le interese escucharlos en una faceta más “light”, por así decirlo. El final es apoteósico y se despachan un vendaval de guitarras fenomenal, incluyendo unos chillidos de Anderson que atraparán a cualquiera como ése sostenido que finiquita toda la cuestión. Excelentes. Pero nadie va a un concierto por los covers, ¿verdad? Queremos la sangre, la violencia y la intensidad del magno Forbidden Evil –lo exigimos, mejor dicho.

El tema título de su ópera prima prorrumpe como la irrupción de un volcán y las estupendas secciones de guitarra de Alvelais y Locicero –dupla de guitarristas infravalorados donde las haya- cargan el peso de una canción que cobra vida propia llevada al escenario. Anderson hace gala de su registro agresivo y robusto, mientras lo hilvana con ciertos pasajes de estridencia en el ya clásico estribillo. Un corte perenne, magistral y que deja entrever todas las idiosincrasias musicales de Forbidden en una caótica y destructiva, pero brillante, actuación en directo. Escuchen cómo el bastardo de Bostaph rompe su kit de batería con una energía cuasi inagotable –su rol en esta banda le acabó de valer como reemplazo de Dave Lombardo en Slayer (dos veces).

La siguiente la considero un clásico un tanto olvidado de este estilo llamada Chalice of Blood. Luego de ese estupendo alarido de Anderson –demostrando por qué es una de esas voces talentosas del género-, los instrumentistas van por la yugular y te atacan con una tormenta de Metal del más alto nivel. El estribillo es muy en la línea de lo que se hacía por esas fechas y el aporte de los dos guitarristas es, como siempre, fenomenal. ¿Qué más decir del corte, además de que es una de esas joyas imperecederas que debe ser escuchada por cualquier aficionado de este estilo de música? Y si piensan que eso estaba estupendo, lo que viene a continuación es una forma memorable para terminar este breve, pero brutal, concierto. Through Eyes of Glass es el corte favorito de un servidor de esta banda y encarna todo lo bueno de Forbidden en seis minutos y medio de una intensidad imperial: las vocales de talla mundial de Anderson, el binomio guitarrero de Locicero y Alvelais desplegando riff tras riff de una calidad incuestionable, el poderoso bajo de Matt Camacho –una figura en las sombras de Forbidden que solidifica todo lo que hacen- y un Paul Bostaph soberano en la batería. La canción es un deleite pesado a la par de técnico; melódico al igual que avasallador. Un balance que no ostentaban todos los grupos de la época y que, irónicamente, tal vez le costó a estos muchachos darse a conocer a una mayor audiencia –simplemente tenían un poco de todo.

Ahí lo tienen: casi media hora del mejor Thrash Metal técnico que van a poder conseguir en una actuación para el recuerdo. Lastimosamente, no hay ninguna grabación de todo el concierto, pero eso hubiera aún más épico –algo así como el hecho de que Maiden jamás hizo un directo del magno Somewhere In Tour. De todas maneras, aquí tenemos este breve y fabuloso testimonio de una de esas grandes bandas que probablemente pudieron haber dado más, pero que la época en la que surgieron –finales de los 80s- ya era demasiado tarde con los cambios que la escena iba a endurar. Aunque bueno, eso es material para otra historia.

Raw Evil pecará por su brevedad, pero que eso no engañe a nadie, ¿eh? Es un EP y para eso estaba diseñado y, además, en cuatro temas hay suficiente calidad para enganchar a los oyentes más exigentes. Por allá, en el ’89, estos cinco gringos conquistaron el Dynamo con una actuación fenomenal y nos dejaron deseando más con este magno EP. Ya luego saldría el brillante Twisted Into Form y sabríamos, sin ninguna duda, que la espera valdría la pena. Y con un EP como éste haciéndonos compañía, ¿cómo no iba a serlo?