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martes, 16 de agosto de 2016

Crítica: Obituary – World Demise



El Death Metal a finales de los 80s y a principios de los 90s fue, a mis ojos, una de las revoluciones musicales más puras y excitantes en todas las vertientes rockeras y metaleras que han surgido en las últimas seis décadas. ¿Hipérbole? No lo creo. Pocos movimientos musicales han nacido con un ideario tan claro y que tuviera una sucesión de escenas tan prolíficas en tan poco tiempo; a finales de los 80s y a principios de los 90s se formaron un cúmulo de agrupaciones que tomaron su base del Thrash y lo llevaron a paradigmas más cruentos, avasalladores y oscuros que, simple y llanamente, sobrepasaron muchos de los límites que sus coetáneos no pudieron (o no quisieron) romper. Sin pasar la raya del extremismo radical del Black Metal noruego, el Death Metal fue, por esos años, la máxima expresión de brutalidad que el género podía ostentar. Y la revolución Deather a principios de la década noventera probó que había cabida en el mercado para grupos como Morbid Angel, Death, Deicide, Entombed, Carcass, Cannibal Corpse y nuestros protagonistas de hoy, Obituary. Y éstos últimos fueron vitales para demostrar que todos los senderos no estaban transitados y que había mucho más por recorrer.

La banda de los hermanos Tardy ya era, a mediados de los 90s, uno de los grupos por antonomasia del mundo del Death Metal con su propuesta de riffs embrutecidos, velocidad reminiscente al Thrash y un John Tardy que era (y es) una bestia invocada por los mismísimos infiernos en las vocales. Sus letras dibujaban esas imágenes de muerte, tinieblas y torturas que uno podía visualizar mediante su música; eran la agrupación que encarnaba todas las idiosincrasias del Death Metal y además de eso, eran uno de los grupos más solventes en el área de mercadeo –solo hay que ver cómo su tercer trabajo, The End Complete, es uno de los álbumes más vendidos de la historia del sub-género. Pero como dijimos en el primer párrafo, habían senderos que no habían sido transitados para muchos de estos grupos y ya a mediados de la década de los 90s, el Death Metal comenzó a entrar en un proceso de reestructuración donde tocaba probar con fórmulas nuevas y en 1994, Obituary hizo caso a esa instrucción con su cuarta obra, World Demise. Uno de esos primeros coqueteos de los de Tampa con caminos no tan arraigados a los puristas del Death crudo y abrasivo, pero aún manteniendo la esencia de lo que los hizo inmortales en el mundo de nuestra música.

Como dijimos en la crítica del Burn My Eyes, el Groove Metal había surgido en el intermdio de la década como una alternativa sonora donde predominaban los riffs y los ritmos más contundentes; nuestros muchachos de la escena Deather supieron percatarse de la escena que se estaba montando en su país y decidieron agregar elementos de la misma a su sonido netamente agresivo y avasallador. World Demise no solo presenta a uno de los bastiones principales del Death Metal ralentizando su sonido y añadiendo riffs más mugrosos, sino también haciendo un cambio de estilo en sus letras: aquí abrazan unos conceptos líricos más vinculados a la crítica social acerca del medio ambiente y pertrechos al maldito ser humano que no para de matar al mundo en el que vive. Pocos álbumes lidian con este tipo de temáticas en sus letras y es un motivo por el cual World Demise sobresale como una de las ofrendas musicales más interesantes del extenso catálogo de Obituary: una habilidad para mantener la (im)pureza de su sonido y aún así alterarlo hacia un mercado más extenso. Incluso en la portada dejan atrás las masacres, las imágenes oscuras o tenebrosas para dar paso a la realidad de la contaminación, que es al final del día la verdadera tenebrosidad del mundo. Comprendieron que no hay mayor brutalidad que lo real e invocaron a los demonios más sinceros que pueden existir: los seres humanos.

Nuestra espiral descendente de la condición humana comienza con un trallazo en toda la extensión de la palabra como es Don’t Care, que es un corte que encarna las idiosincrasias del trabajo en su totalidad. Este tema fue el título de un pequeño EP que publicaron antes del álbum y supone una declaración muy clara de sus intenciones puesto que los riffs son más brutos y básicos en comparación con lo hecho anteriormente; pero que aún disponen con la fuerza y el buen hacer de la agrupación. Mucho énfasis en las guitarras de Peres y West y las vocales de ultratumba de John Tardy que suena más deshumanizado que nunca; una encarnación apropiada de la idea del álbum. Un poco más monolítica y con tintes de himno es el tema título, donde la batería de Donald Tardy impera más; oído a esos pasajes que suenan casi a nave alienígena –lo sé, es una referencia estúpida, pero es lo que se me ocurrió al escucharlo- y que le da un porte un poco más épico a la canción.

Burned In comienza lenta, taciturna, como quien no quiere la cosa; una vez que prorrumpe la voz de Tardy nos lanzan a su clásico sonido fangoso y que aquí ha ganado ciertas tonalidades de Thrash y Groove; es realmente un corte arquetípico de la agrupación. El siguiente tema me gusta bastante; Redefine es una composición que inicia con unas voces pregrabadas y que explota con una estructura un poco más rítmica que las canciones previas y que incluso, sin ánimos de sonar controversial, me recuerda en sus momentos más álgidos a lo que haría Sepultura con el álbum Roots en el ’96 –tal vez Max y compañía tomaron algún que otro dato de esta pieza. Más cambios de ritmos y revoluciones se muestran en Paralyzing, que es quizás una de las piezas que más se asemeja a las de sus primeros álbumes y que servirá como un punto de remembranza para los aficionados que estén clamando por algo un poco más clásico; estoy seguro que su alta velocidad y sus pasajes un tanto intricados alegrarán a los oyentes más exigentes de este rubro.

Tal vez uno de los defectos del trabajo es lo homogéneo que puede llegar a sonar puesto que hay muchas similitudes entre varias de las canciones, cosa que se puede demostrar en cortes como Solid State, Splattered o Final Thoughts. Aunque los de Obituary nunca han sido los más virtuosos a la hora de escribir, les recomiendo su lectura porque considero bastante encomiable a una agrupación que se salga de su zona de comodidad para redactar ideas un tanto más intricadas y trabajadas. Más tralla de la buena con Boiling Point, Set In Stone y Kill For Me. Realmente no hay mucho que un servidor pueda acotar ya que muchas de las canciones se basan en la contundencia de las guitarras, un modelo de composición muy basado en medio tiempos que solamente pueden ser definidos como fangosos y un Tardy que está, como siempre, pletórico.

World Demise fue el intento de Obituary de desmarcarse de los paradigmas en los que se hallaban y entablar un trabajo que fuera un poco más atrevido y con un mensaje mucho más trascendental que las típicas líricas sobre matanzas, zombies y descomposiciones corporales. Y aunque musicalmente hablando tal vez palidezca en comparación con sus hermanos mayores, esta obra de los de Tampa supone el primer intento por mantenerse relevante en el mundo del Metal e ir más allá de una escena que ya comenzaba a cansarse de las bandas de Death Metal que trataban con líneas musicales y compositivas bastante similares. Siendo uno de los grupos más icónicos y representativos del movimiento, supieron tomar al toro por los cuernos y arriesgarse con una obra que, a criterio de un servidor, gustará tanto a propios como extraños. Solo se necesita una mente abierta. O citando a Obituary: ¿Acaso no te importa?

viernes, 4 de diciembre de 2015

Crítica: Mötley Crüe – Mötley Crüe




Cuando los fanáticos de Mötley Crüe se enteraron de la renuncia/despido –depende de a quién le pregunten- de su vocalista estrella, Vince Neil, en el ’92, la preocupación y el caos se fraguaron en el campo de la fanaticada de los músicos más déspotas y hedonistas de todo el Planeta Metal. Los 90s habían traído nuevas corrientes y el movimiento de tonalidades pesimistas y depresivas que provenía de Seattle hizo languidecer a aquella proliferación de bandas de Los Angeles que dominó la escena con puño de hierro en la década anterior; lo que faltaba para los amantes del Hard Rock ochentero era que su grupo por antonomasia se fuera al demonio por la marcha de un individuo vital para el éxito ensordecedor del combo. Vince Neil es una parte esencial de lo que fue Mötley Crüe en los 80s y trabajos como Shout At The Devil o Dr. Feelgood son obras soberanas en el panorama Glam por la voz característica y atrapante carisma del cantante, sin desmerecer el aporte de los tres instrumentistas que también es muy importante. Tal vez no era un dotado, pero su locura, su energía y su espíritu emanaban ese factor X que hacían a estos cuatro dementes tan especiales y contagiosos. Pero Mars, Sixx y Lee demostrarían que había vida (y grandeza) más allá de Neil. Y así se toparon con una banda llamada The Scream, de la cual Sixx era un gran fan.

The Scream fue una de esas muchas bandas de tercera y cuarta generación de la escena ochentera que surgieron demasiado tarde para poder aprovecharse de las corrientes mediáticas que impulsaban a estos movimientos; pero allí yacía un vocalista y guitarrista de un talento inusitado llamado John Corabi, quien leería en una revista un aviso de Nikki Sixx buscando a un vocalista nuevo y, sin pensarlo, se lanzó a la aventura de ser el voceras de esa cuerda de deschavetados que es Mötley Crüe. La audición, que duró varias sesiones, fue un éxito rotundo para Corabi: la banda estaba fascinada con su extenso rango vocal, sus dotes de guitarrista y la capacidad de compositor que le quitaba un peso de los hombros a un Sixx que solía ser el responsable absoluto en el espectro creativo. Y así, en el ’93, se comenzaba un trabajo que originalmente iba a tener un cambio de nombre en la banda –NC94, que significaba New Crüe ’94- y que estuvo tentativamente llamado ‘Til Death Do Us Part – por una de las canciones del trabajo-, pero que terminó siendo homónimo. Lo diré de frente porque así es que hay que hablar en esto de la música: éste es, a mis ojos, el mejor trabajo de Mötley Crüe. Así es; claro y raspao’, como decimos en mi país. Y les diré por qué.


Para la producción, la banda volvía a trabajar con Bob Rock en el estudio, quien los ayudó a convertir a Dr. Feelgood en un trabajo multimillonario y le agregó una cierta impronta del Black Album de Metallica en la batería de Lee y en las guitarras –eso sería un acierto porque el trabajo suena fenomenal y aunque a Rock se le culpe por suavizar a los Jinetes, sabe hacer bien su trabajo que es hacer sonar a un álbum para que fortalezca sus virtudes. El aporte que hizo Corabi desde su arribo a la banda fue totalmente diferente al que hizo el malogrado Neil: su valor como letrista y como segunda guitarra facilitaban las labores de Sixx y Mars, además de tener una incidencia considerable en el desarrollo musical de Crüe. El trabajo homónimo de los californianos los muestra transmutando a un sonido muy acorde a los tiempos en los que se produjo y bebiendo de las bandas de Seattle como Soundgarden o Alice In Chains, al igual que de grupos como Pantera o Prong que era lo que escuchaba Nikki Sixx durante la producción. Lo que realmente sorprende es cómo tomaron lo hecho hasta ese momento y lo descartaron para ir en pos de un sonido, actitud y estilo que tal vez deslucía lo hecho en sus otros trabajos, pero que demostraba su capacidad de evolucionar hacia diferentes estratos musicales. Mötley Crüe es su mejor trabajo porque los vislumbra dando un pase al frente como una agrupación que podía trascender más allá de una época o un momento de moda y no convertirse en un grupo de nostalgia –cosa que irónicamente son hoy en día, aunque al parecer están cerca de su final en este última gira.

Hecho bajo un estricto régimen de sobriedad –bueno, tan estricto como se puede tratar de estos tipos-, también se denota un enfoque diferente en las letras. Corabi muestra un lado más íntimo e introspectivo con su pluma al escribir sobre la reflexión de una vida errante en ‘Til Death Do Us Part o la experiencia de un tío abusador en Uncle Jack. Aún así, Sixx deja espacio para poder hacer las usuales canciones de sexo y libertinaje por las que esta banda es tan conocida. Era un proyecto musical bastante diferente a la propuesta de los 80s del grupo y era casi como escuchar a una banda nueva; en este trabajo impera mucho más la musicalidad, la técnica y las composiciones que en los álbumes previos de la banda. Me gustan los clásicos de Crüe, pero aquí se les muestra empujándose a límites insospechados y probándole a todos (incluyéndose a sí mismos) que son capaces de no ser solo entertainers, sino también músicos de calibre. Eso era Mötley Crüe en 1.994: una banda que dejaba los cojones sobre la mesa y decían: “Siéntate y escucha esto, ‘joputa”.


Una forma muy práctica de dejar en claro sus intenciones se transmite mediante este bombazo de nombre Power to the Music donde la batería de Lee suena como un cañón y los riffs a medio tiempo de Mars y Corabi como apisonadoras, manifestando el distanciamiento más que constatado del grupo de la pulidez sonora de sus años Glam. Para los que se están adentrando por vez primera a la era Corabi de la banda, debe ser sorpresivo escuchar unas vocales tan distintas en Mötley y eso no lo voy a negar, aunque mientras más se escucha el trabajo, más se aprecia el pedazo de voz que se gasta el antiguo voceras de The Scream. Power to the Music habla en sus letras acerca de la libertad lírica –muy lejos de lo que se hablaba en Girls, Girls, Girls…, por ejemplo- y podemos escuchar ese tono más crudo, habilidoso y con un leve tinte de Blues del “nuevo”. Éstos ya no son los amos del caos, la sodomía y el hedonismo. Nos los han cambiado. Pero cómo suenan, ¿eh? Pareciera que los cinco años sin publicar nada los tiene más arrechos de lo normal.

Una de las favoritas de un servidor es la genial Uncle Jack donde dan rienda suelta a sus Soundgarden y Alice in Chains internos para crear una pieza intensa, melódica y con una pasión sentimental en las letras que difiere mucho con lo que hicieron antes. El estribillo pareciera algo parido por la banda de Jerry Cantrell y las partes de guitarra del nuevo binomio en las seis cuerdas conducen el tema entre lo pesado y lo melódico con una facilidad pasmosa. Lee sigue confiable en lo suyo -aporrear la batería como un maniaco- y Corabi derrocha una alteración de registro que te descojona. Un temazo que me tiene viciado en los últimos días y que en un mundo justo sería un clásico obligatorio en sus conciertos. Escuchen el final donde sueltan un riff mastodóntico que les recordará a las facetas más pesadas del homónimo de Metallica. Lo repito: UN TEMAZO.

Hooligan’s Holiday emana unos punteos de Mars que me parecen un detalle interesante en la canción y sigue con el despliegue de riffs afilados y musculosos. Destaco la habilidad de la agrupación de casi nunca acelerar o bajar las revoluciones en el trabajo y que se mantengan interesantes en el aspecto instrumental; en lo vocal, Corabi sigue sonando con una voz atronadora. La siguiente pieza fue, junto a Hooligan’s Holiday, la que fue el single introductorio y puedo imaginarme la reacción de los fans de la banda al escuchar el inicio que irradia a balada de Misunderstood para luego desembocar en una vertiente más melódica, pero con suficiente empuje en las guitarras para mantener el headbanging. Se hace raro escuchar a esta banda hablando acerca de la alienación social, pero, ¿qué demonios? Si pudimos sobrevivir a Celtic Frost tratando de hacer Glam (y hacerlo mal), ¿entonces por qué no apreciar a una banda que hizo un cambio de sonido arriesgado y les salió bien? Misunderstood es una composición un poco más accesible y “alegre” en lo musical, pero tiene su punto y su encanto.


Con un deje brutal a Led Zeppelin nos entregan Loveshine, que es una balada acústica con una influencia innegable de la banda de Page y donde juro que en algunos pasajes de la canción es Robert Plant el que está cantando y no Corabi por las increíbles similitudes en sus gargantas aquí. Si algunos extrañaban los tiempos de Shout At The Devil, aquí llega Poison Apples para llevarnos de parranda como si fuera 1.985; un tema que suena como una versión más pesada de lo que hacían en la década anterior y que gira en torno a una base rítmica contundente y un Corabi en plan sleazy Rock Star. Un corte de la vieja escuela de Mötley Crüe y que, aunque bueno, se siente algo fuera de lugar. En perfecto contraste con las dos últimas canciones, con Hammered encontramos más riffs insanos y dominantes en un poderoso medio tiempo que tal vez palidezca un poco con los primeros temas, pero aún así te atrapa. Por más pesados y variados que se hayan convertido, no han perdido el fundamento de entretener y eso es importantísimo.

La joya de la corona, la piedra angular de toda la obra, es ésa composición magistral titulada ‘Til Death Do Us Part. Una canción larga, llena de detalles y que rebosa de una calidad indiscutida. Este tema encapsula todo lo bien hecho en este trabajo y aúna brillantemente todos los aspectos que hacen de este álbum uno muy bueno. Punteos, riffs afilados, unas vocales de altísimo calibre y unos dotes de compositores que deben ser considerados. Un detalle que me parece importante para resaltar es cómo los punteos de Mars se entrelazan con los riffs de Corabi para crear una atmosfera muy especial y permite a la canción fluir de manera singular. En fin, la mejor composición del álbum y debe ser escuchada obligatoriamente por cualquiera que se precie de gustar de esta banda. Y pónganle este tema a cualquier amigo que diga que este álbum es una mierda para que vean cómo le callan la boca. Palabra de Kevin.

Con Welcome To The Numb nos encontramos con un corte sucio y directo con muchas guitarras machaconas y fiesta. Una mezcla del pasado con el presente. Lo más pesado del álbum es Smoke The Sky, la canción que tuvo un video oficial, con un Lee bestial y con un Nikki Sixx que siempre trabaja en las sombras con su bajo para hacer que todo funcione con (a)normalidad. Droppin’ Like Flies sigue la senda marcada por el trabajo con el énfasis en los riffs y los estribillos más melódicos, pero agrega un pasaje sosegado para apaciguar un poco la cosa –a mi criterio, el tema más descartable del trabajo. Un aspecto que critico de este álbum homónimo es la balada Driftaway; no es una mala canción para nada y tiene encanto, pero no encaja con la naturaleza más fuerte y contundente del trabajo. En sí, es una pieza que podría ser un tanto optimista en lo musical y que deja a la banda relajarse un poco en lo instrumental, además de que Corabi tiene una buena voz y eso hace que Driftaway sea disfrutable. Así termina un álbum bastante trabajado, detallista, con grandes canciones y con una evolución musical notable en comparación con sus trabajos previos. En cuanto al nuevo, Corabi, hizo una labor excepcional y un servidor les asegura que no extraña a Neil cada vez que escucha este Mötley Crüe. Una obra sensacional y que los ponía en el punto más alto de su carrera, musicalmente hablando.


Y como podrán imaginar, el álbum fue un rotundo fracaso en lo comercial. Por más que fuera actual, vanguardista y con muchos temas de calidad, el moniker de Mötley Crüe y lo que eso conlleva pesó mucho para la promoción de un trabajo que a duras penas llegó a 500.000 ventas. Lo peor del caso fue que la culpa del susodicho “fracaso” del álbum fue lanzada al propio Corabi que se despachó una actuación consagratoria y nunca fue realmente valorado por el simple hecho de que no era el primer vocalista, a pesar de su enrome calidad. Le atribuyeron la culpa porque el trabajo no vendió y que no era Vince Neil, cosa que al final derivó en su éxodo de la agrupación y el retorno del agraciado vocalista al ruedo para que el grupo retornara a su estilo de otrora. Lo que pudo haber sido una renovación notable de Sixx y compañía se convirtió en uno de los primeros pasos para que se transformaran en un grupo de revival, como sus demás coetáneos de la época. Una lástima y otra prueba de que no siempre es la calidad lo que te hace sobrevivir en esto sino más bien el manejo del negocio.

El homónimo de Mötley Crüe es un capítulo fascinante de la sórdida historia de la agrupación y es la prueba fehaciente de que hay agrupaciones que tienen mucho más de lo que dejan entrever. Es, al final del día, una demostración de talento, garra y técnica de una banda que se atrevió a desligarse del pasado para dar cabida a nueva versión de sí mismos que tal vez no agrade a sus fans más irredentos, pero que es una obra notable y la mejor de su carrera. Altamente recomendable por un servidor.

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domingo, 8 de noviembre de 2015

Crítica: Machine Head – Burn My Eyes



Es bien consabido que a mediados de los 90s prácticamente casi todas las formas de Metal eran totalmente superfluas en el mercado estadounidense. Las personas que vivieron y están documentadas en esa época saben que a principios de esa década existía una abundancia de grupos que meramente utilizaban los preceptos desgastados de los 80s, por lo que la atención mediática giró la mirada hacia los grupos de la movida Alternativa y de la susodicha corriente Grunge, cosa que es perfectamente natural –después de todo, la música, como la vida, es cíclica y los puestos de predominancia en la media siempre van a cambiar. Pero eso es hablando desde la óptica comercial y publicitaria; aún seguía imperando en los Estados Unidos un vacío para un nuevo sonido metalero que fuera una continuación de lo establecido hasta ese momento de la misma forma que los 80s desarrollaron lo creado en los 70s. En Europa siempre se sostuvo un enfoque por las tendencias más melódicas, pero en Norteamérica comenzó a saltar a la palestra principal el naciente estilo de riffs entre cortados y contundentes aunados a ritmos menos velocistas pero más propensos a la agresividad y pesadez –esto sería conocido como el Groove Metal. Y aunque muchos lo ven como una mera versión más lenta y tal vez accesible del Thrash, grupos como Pantera, Biohazard, Fear Factory, Prong, Grip Inc. o los que protagonizan esta entrada, Machine Head, supieron darle al sub-género una personalidad bastante marcada, aunque nunca ha sido tan bien demarcado como variables musicales en la misma vena que el ya mencionado Thrash, Power o Death Metal, para mencionar algunos. Entonces me podrán preguntar qué demonios es el Groove Metal; bueno, déjenme decirles que el debut de los Machine Head es una muestra perfecta de lo que se trata este estilo: violencia, rabia, contundencia y riffs. Muchos, muchos riffs.



Pues entonces vamos al contexto de este celebérrimo Burn My Eyes. Por allá en 1.994, Robb Flynn, guitarrista, letrista, vocalista y fundador de la banda, era un hombre que se hallaba en una encrucijada. El personaje en cuestión era un músico que creció y se curtió en las catacumbas sonoras de la Bay Area bajo la tutela de los grandes de la época dorada del Thrash Metal (Exodus, Metallica, Slayer y un par más), sin mencionar su propia impronta en la etapa naciente de los enormes Forbidden y su rol en los infravalorados Vio-lence –dos grupos que aunque fueron brillantes en el underground, nunca lograron conseguir espacio en la vereda mainstream. Siendo un hombre adicto a las drogas, traficante, sobreviviente a una sobredosis en el ’93 y bastión para dos fantásticos grupos de Thrash de tercera generación, el guitarrista decidió dejar su banda y comprometerse a formar una banda que cumpliera con su propia visión musical sin aledaños o atenuantes. La primera encarnación de Machine Head –nombre que según el propio Flynn no está inspirado en el famoso álbum de Deep Purple- era una bestia que practicaba un sonido atronador y despachaba unas actuaciones salvajes que les conllevó a ser baneados de varios clubes de San Francisco. Era un producto surgido de la frustración juvenil y la cruda impronta de un individuo que se cubrió de muy buenos músicos para crear un trabajo que puede ser considerado como el punto conector entre el Thrash primigenio de los 80s y el Metal moderno que se fraguaría posteriormente. Eso, en pocas palabras, es el Burn My Eyes.



En el párrafo previo menciono la importancia del grupo de músicos que consiguió Flynn para este trabajo y es que si analizamos de manera superficial los miembros de otros trabajos de la banda y el sonido de los mismos, podremos interpretar que los instrumentistas elegidos influyen en el estilo de Machine Head. A pesar del trasfondo de Metal duro y agresivo de Flynn, es el aporte del excelso baterista Chris Kontos –lo que toca este hombre en el kit, por Dio-, del bajista y fiel escudero (hasta 2.011) Adam Duce y del guitarrista Logan Mader lo más importante para el desarrollo del sonido del grupo hacia uno basado en los ritmos de los riffs y en la potencia. Es por eso que no concuerdo con quienes (equívocamente, si me permiten decirlo) dicen que Burn My Eyes es un álbum de Thrash Metal: no cuenta con el enfoque en la velocidad que todos los álbumes de esa calaña tienen cuando este trabajo es, para todos los efectos, algo lento. Si algo hay que destacar en el aspecto musical de esta obra es el abanico de posibilidades: despliega una cólera y una rabia devastadoras, pero no deja de lado esos momentos contados de melodía que hacen variar el asunto y donde Flynn altera sus vocales que les recordarán a una mezcla entre Max Cavalera y Phil Anselmo. Pero ahora vamos a lo nuestro, ¿eh? Que tanto hablar de esto ya me provocó escucharlo.



Tras todo lo dicho, Davidian es una canción ejemplar para abrir un álbum y es una proliferación absoluta de riffs pesados, ritmos acojonantes y un vocalista que no canta sino que ruge como un maldito león envuelto en los velos de la rabia. Como va a ser costumbre en este trabajo, la labor de Kontos en la batería es simplemente brillante y el riffeo es ominoso a la par de musculoso. Las vocales de Flynn no son nada nuevo; como ya he dicho, tiene mucho de Cavalera y Anselmo, pero le añade su toque, cabe decirlo. Un temazo que aún tiene repercusión en la actualidad de la banda y que tal vez sea su himno por excelencia.



Old siempre será mi canción favorita de Machine Head con su introducción tremebunda de baterías, esos ritmos tan adictivos y unos riffs que son de lo mejorcito que ha parido la banda desde su incepción. El estribillo muestra un estilo un poco más “educado” de canto de Flynn y es bastante pegajoso. Un tema que es perfecto para quienes te pregunten qué es Machine Head y quieras engancharlos de una. El final es caos y destrucción sonora hasta desembocar en el estribillo. Para terminar un triunvirato de canciones fortísimas, A Thousand of Lies acelera un poco los motores (pero solo un poco) y muestra el lado más ganchero de la banda, además de unas partes de guitarra de Flynn y Mader que le dan cuerpo a toda la obra con el pasar de las piezas. Importantísimo el trabajo de Mader en las seis cuerdas para que el grupo suene como suena en este álbum. Mención especial a la producción que suena cristalina, moderna pero mantiene todo con un tono orgánico y fuerte –no daña ni edulcora a las composiciones. El estertor de la canción es un buen ejemplo de lo que he dicho de que aquí no se prioriza la velocidad; en el ocaso de este tema van ralentizando hasta llegar a cuotas Sabbath de velocidad.



La andadura por terrenos no tan agresivos comienza por None But My Own donde se tiene una introducción un poco psicodélica y que luego desemboca en vendaval metalero que no deja sobrevivientes. Un temazo que parece tomar impulso en las partes más sosegadas para luego explotar y pasarte por encima hasta que estés hecho trizas. La siguiente en machacarnos es The Rage To Overcome con más amalgama rítmica y de riffs portentosos que te parten el cuello en dos; si han escuchado el álbum hasta ahora, comprenderán que esta pieza es de un estilo que la banda ya tiene muy marcado. Hay que mencionar las letras que realmente capturan el contexto de peleas, drogas y peligrosidad en el que se concibió el álbum; Robb Flynn nunca será, a mis ojos, un letrista notable, pero aquí cuaja algunas de las mejores letras de su carrera.



Más lenta y pesada es Death Church con algún que otro industrial, pero que no termina de convencerme y es que es en los últimos que puede llegar a cojear un poco el álbum. Pero solo un poco, ¿eh? A Nation On Fire es una composición interesante con esos punteos iniciales para que luego la canción vaya in crescendo hasta acabar en una tormenta de riffs y a una velocidad pasmosa, reminiscente a los grupos de Thrash que idolatraban. Uno de los temas más populares de Machine Head es la violenta Blood For Blood que es una pieza totalmente desquiciada y que parece hacer mucha previa en su comienzo hasta explotar en un golpeteo matador de Groove/Thrash Metal brillante. Una canción que dudo que algún Thrasher desprecie.




Siguiendo la senda de mezclar momentos tranquilos con los más caóticos, I’m Your God Now es una oda de Flynn a los demonios atormentadores de las adicciones y cómo éstos te dominan; musicalmente hablando es una composición muy en línea de la banda con un trabaja fenomenal de Kontos y un riffeo bestial. Una canción que siempre me ha gustado de la banda y que recomiendo absolutamente. Hay un tema que es más un interludio titulado Real Eyes, Realice, Real Lies que tiene grabado una serie de reportes televisivos de la época y la banda toca mientras éstos suenan –es más interesante si se entiende lo que están diciendo. Un gran final es la iracundia y la potencia de Block para finiquitar un trabajo que, exceptuando uno que otro traspié, es perfectamente disfrutable, tiene variedad y es lo suficientemente bien compuesto para que le guste a diferentes grupos de oyentes. Un trabajo bastante completo y que realmente cuesta creer que es el primero de una banda.



El álbum, irónicamente contrario a lo que dije al principio, no fue tan bien recibido en Estados Unidos en el aspecto de las ventas; pero sí que hizo raíces y más de una generación que surgió después en el Metal gringo han mencionado a Burn My Eyes como una influencia vital en la formación de su música. Su sonido y su ideario rabioso y visceral es uno que todavía perdura hasta el día de hoy y que muchas bandas han tratado de emular de múltiples formas; pero sin ánimos de ser demagogo, el verdadero valor de Burn My Eyes reside en lo genuino que suena; en lo realmente colérico, iracundo y verdadero que es su mensaje y es por eso que hizo huella en el alma de tantos oyentes. A mí criterio –que obviamente no es absoluto-, éste es el mejor esfuerzo de su catálogo. Demostró que se puede continuar creciendo y transitando nuevos senderos musicales sin menospreciar lo hecho en generaciones pasadas; es un álbum que propone algo diferente, pero que no desmerita la técnica o las bases de los grandes de la Bay Area. Burn My Eyes fue una llama que reencendió, junto con los grupos que he mencionado, una cierta necesidad del público por el Metal más crudo, intenso y vicioso que no rayara en el punto del extremismo.