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jueves, 31 de marzo de 2016

Crítica: Slayer - Repentless.



Quienes me han leído con asiduidad en este lugar o en algunas otras páginas que frecuento como escritor –ustedes saben cuáles son-, estarán enterados de que la mayoría de los álbumes que he reseñado son aquellos que me gustan o de los que trato, por lo menos, de extraer cosas positivas. Un amigo una vez me dijo que, en su debido momento, me tocaría escribir sobre obras por las que no sienta mucha predilección, cosa que es verdad, pero la realidad es que siempre he preferido escribir acerca de lo que me gusta en lugar de despotricar contra un trabajo o una banda en particular por el mero hecho de que una canción, una obra e incluso una carrera me ha decepcionado –en especial cuando siempre hay alguien que puede apreciar cosas en dichos casos que tú no aprecias. Un pensamiento bastante altruista de mi parte, lo sé. Habiendo dicho eso, en los últimos meses he desarrollado esa necesidad de expresar lo que opino y siento hacia una agrupación que siempre ha sido enaltecida como una especie de grupo intocable por lo que emanan para sus aficionados –aunque esta costumbre es bastante notoria en casi todos los fans del Heavy Metal-, pero que ha hecho tantas burradas en los últimos tiempos que finalmente pienso que tengo algo que decir al respecto con mis dos centavos de opinión: Slayer y una carrera que se ha ido al garrete. Esto último cubre los últimos 25 años.

Los tiempos recientes han sido complicados para la banda de Tom Araya y Kerry King. La tercera separación del combo norteamericano con su baterista fundador e icono, Dave Lombardo, no pudo haber sido de peor manera con él soltando linduras acerca de King y cómo la agrupación es manejada como un negocio donde una pieza tan importante como él no veía mucha compensación monetaria por sus servicios –todo esto derivó en una novela dramática acerca del manejo del sustento financiero de Slayer como si fueran un banco o una empresa de cualquier índole. Cosa que es entendible –al fin y al cabo, un grupo de esta envergadura ya es más un negocio que una fuerza artística-, pero que demuestra la falta de apreciación hacia una figura que es uno de los rasgos sonoros más característicos de Slayer –la batería de Lombardo es clave para comprender lo que es la banda de California. Ojo, yo respeto totalmente la carrera de los de King a través de los años: sus cinco primeros álbumes son seminales para el desarrollo del Metal extremo, su directo es uno de los mejores del mundo e incluso he disfrutado con algún que otro tema suelto de sus obras posteriores al gran Seasons in the Abyss de 1.990. Pero es escuchar las constantes peleas por dinero, las problemáticas insulsas con otras bandas y el maltrato verbal al fallecido Jeff Hanneman por parte de su otrora compañero King y me hago la pregunta: ¿Qué tan diferentes son los Slayer actuales de los Metallica a los que se ha denostado a ultranza en los últimos veinte años? Cielos, me leo y sueno como un fanático irredento de los de Ulrich –que también he dicho que se merecen su respeto por su pasado y su crítica respectiva por el presente-, pero digo esto para ilustrar el contexto de putrefacción administrativa que circunde a la banda de Kerry King y Araya.

Todo esto estaría bien si la calidad de la música de Slayer –o el producto que ofrecen, si nos queremos mantener en la jerga de negocio- se mantuviera en un cierto estándar –después de todo, hay muchos artistas de diferentes disciplinas y épocas que han alegado que los periodos de tensión sacan lo mejor de ellos. La progresión de la banda de Thrash Metal es interesante en el sentido de que su modus operandi ha cambiado desde su cenit en los 80s y principios de los 90s en comparación con el resto de su carrera: de mantener una base musical sólida y de hacer leves, pero importantes modificaciones en su sonido (los 80s y principios de los 90s) a mantener la misma línea de trabajo a partir de mediados de los 90s –exceptuando la experimentación de Diabolus In Música, claro está. Quienes digan que Slayer y compañía nunca han experimentado en su sonido no saben de qué va esto, en mi opinión; uno escucha el Hell Awaits en toda su gloria impía y suena claramente diferente a la precisión y contundencia de un Seasons in the Abyss. ¿Qué me pueden decir de la velocidad avasalladora de Reign In Blood en comparación de los ritmos más densos, sombríos y atmosféricos de South Of Heaven? Y ninguno de los álbumes acotados se asemeja al génesis más Heavy y “venenoso” de la banda, Show No Mercy. Verán, debajo de lo que parecía ser una inamovible filosofía sonora yacía una plétora de creatividad en Slayer que les permitía hacer álbumes de Thrash Metal fenomenales y al mismo tiempo mantenerse frescos e incluso un tanto innovadores; un duro y cortante contraste con su versión actual que peca de repetitividad y entregan con una consistencia alarmante trabajos que, a oídos de un servidor –no represento en absoluto a ningún otro oyente de la banda-, no aportan a su catálogo ni al de sus fans.

Repentless no es un álbum de Slayer; es sólo otra pieza más en el narcisista castillo musical de Kerry King que debería ser llamado “Kerry King feat. Tom Araya – Repentless. La participación de dos músicos de primer nivel como Gary Holt en la guitarra y Paul Bostaph en la batería reemplazando al gran Dave Lombardo es algo totalmente superfluo en el desarrollo del sonido de la banda –principalmente porque el sonido no es más que un refrito constante y la banda ya no es una como tal. Yo estaba seguro de que el álbum iba a sonar como suena, pero tenía la vaga ilusión de que los fichajes de estos dos tremendos músicos harían que el estilo de Slayer mutara un poco hacia algo diferente; no mejor o peor, sino simplemente diferente. Trabajos sempiternos como Hell Awaits, Reign in Blood o South of Heaven eran álbumes oscuros, poderosos e intensos; pero se basaban en unas composiciones brillantes y con una musicalidad que les permitía variar de forma leve (aunque notable en su impronta) el sonido de la banda en cada entrega –cosa que no hacen desde hace mucho tiempo. Un álbum tan vilipendiado como Diabolus in Música, con todas las virtudes y defectos que pueda acarrear, era por lo menos un intento de la banda de variar un poco y salirse de la rutina. Sí, probablemente fue un experimento fallido, pero había un intento por reestructurar una fórmula agotada. Curiosamente, ese álbum había sido conceptuado en casi su entereza por Hanneman –saquen sus propias conclusiones. Y en muchos casos, probar algo diferente te permite desarrollar nuevas virtudes; pero creo que pedirle innovación a los de Los Ángeles es como pedirle un trío a dos modelos suecas: sabes que te vas a llevar una decepción, pero de todas formas guardas la tenue esperanza de que te digan que sí. Al final sabemos cómo acaban ambos casos, ¿verdad?

Escuchar Repentless es como ver una película de Arnold Schwarzenegger en los 80s: sabes exactamente lo que vas a recibir y hay aproximadamente un 0% de sorpresa en la propuesta. Sólo que Slayer no te vende el producto con el carisma y aplomo del austríaco; al contrario, hacen el proceso de escucharlo cada vez más difícil de digerir. Podría hacer un análisis extensivo de cada tema, pero eso sería caer en un esfuerzo superfluo e innecesario. Lo que impera en este álbum es la pesadez estilística de la banda por seguir estirando un sonido del que ya no pueden extraer más ideas o conceptos; todo se basa en los mismos ritmos rápidos y conocidos que, por más brutales que suenen, se han convertido en algo totalmente predecible. Y es que todo lo que puedan esperar de los Slayer de hoy en día está aquí: velocidad abrasadora, riffs afilados de King –Holt solo está para hacer lo que el pelón le diga- y un Araya que grita como un poseso en el 95% del álbum. Sucede que hemos escuchado eso un millón de veces ya. Por eso hago hincapié acerca de la inclusión de Holt y Bostaph puesto que dos músicos de este talante deberían tener mayor potestad en las composiciones, pero sólo siguen los patrones de los designios del patrón. El problema de los Slayer actuales radica en el hecho de que suenan pesados y caóticos por el simple motivo de la reputación que conlleva ser Slayer. Para ellos, es casi una obligación sonar como suenan y no es ninguna sorpresa que el resultado final sea así cuando realmente no quieren sonar así; y si dicen que lo desean, se están engañando a sí mismos como aficionados porque no atisbo el menor resquicio de calidad o pasión en esta obra, más que tenues destellos en algunas piezas del álbum.

Claro, el álbum es un éxito en ventas en varias partes del mundo y la prensa “especializada”, sin el menor coraje para decirles sus verdades al grupo por temor a perder una entrevista, les rinde pleitesía a este disque trabajo llamándolo “una obra maestra” o “un retorno de los maestros”, así que King puede dormir tranquilo a sabiendas de que no han publicado básicamente nada y han obtenido una ganancia de ello, al más puro estilo de empresa capitalista salvaje. Éste es un trabajo arrogante y forjado bajo el precepto de que pueden hacer pasar cualquier cosa como un álbum de Slayer y salirse con la suya. Ojo, yo no critico a la banda por su deseo de generar dinero a base de sus trabajos puesto que al final del día viven de ello; critico el hecho de que publiquen álbumes totalmente innecesarios e intrascendentes en su discografía por el mero hecho de forrarse los bolsillos –que al aficionado, por más pasional y parcial que pueda ser, no se le puede ofrecer cualquier porquería o despropósito. Slayer han sido vapuleados (justamente) por sus aficionados por las acciones nocivas y dictatoriales de un líder que ha perdido el control de la banda y no sabe qué hacer al respecto, además de encender el piloto automático, hacer más álbumes innecesarios y aprovechar las proezas de su directo para seguir capitalizando con el deseo de sus aficionados de verlos en vivo –esto último siendo algo totalmente entendible, desde la óptica de ambas partes puesto que consiguen un beneficio mutuo. No importa para nada el retorno de Lombardo hace unos años, ni que fallezca Jeff, ni que músicos de primer nivel como Holt o Bostaph –quienes han hecho muy buenos álbumes en los últimos años- se unan a Slayer. Nada de eso importa. Hoy en día, esta banda es una empresa que gira en torno a un músico desfasado y que actualmente no puede componer un tema decente para salvar su vida llamado Kerry King. Repentless es la representación absoluta de los Slayer que tenemos hoy: sosos, repetitivos y sin ideas. Un grupo pesado y ruidoso que nos pone a todos a dormir.

domingo, 7 de febrero de 2016

Crítica: Forbidden – Raw Evil: Live at the Dynamo



Los EPs siempre han cumplido una función bastante clara en el mundo de la música: dejar a la audiencia queriendo más. En los 80s, tal vez la época en donde el balance perfecto entre calidad musical y accesibilidad en el mercado existió, la función de estas mini publicaciones era servir como un entremés mientras nuestros artistas favoritos elaboraban sus nuevas obras para deleitarnos. Normalmente, éstos EPs contenían uno que otro tema nuevo y un par de versiones en vivo o alguna rareza compositiva que se hubieran dejado en el tintero durante el proceso de grabación de sus álbumes previos. De vez en cuando, algunas agrupaciones de Metal –que es lo que hablamos en este Blog, al fin y al cabo- publicaban una suerte de mini Live en estos formatos y eran unas rarezas encantadoras que podían mantener a cualquiera deseoso de saber más al respecto. La banda estadounidense de Thrash Metal, Forbidden, se sacaron de la manga este breve pero avasallador EP de su actuación en el ahora extinto festival Dynamo de Holanda en el ’89 donde conquistaron como cual emperador romano metalero a cientos de europeos. Una joya olvidada del Metal extremo de los 80s cuyo defecto genuino es que extremadamente corto.

Aunque nunca consiguieron colarse en la elite del Thrash, los de Forbidden estaban en un momento de forma pletórico durante la grabación de este pequeño directo –es una captura de una banda en su apogeo. Forbidden Evil fue, para un servidor, uno de los mejores debuts que se podían escuchar del sub-género Thrash por esa época y la calidad de la agrupación de Russ Anderson y Craig Locicero era incuestionable entre la infinidad de grupos under que trataban de hacerse con un resquicio en la comunidad metalera. Con un debut seminal y rebosante de agresividad, vocales estratosféricas –el trabajo de Russ Anderson raya en lo world class en este debut, a mis oídos- y una técnica depurada, los de California partieron a Eindhoven para hacerse con un lugar en un festival notorio como el Dynamo donde grupos de una calidad igual de notoria (y con destinos tristemente similares como el de nuestros protagonistas) como Armored Saint, Savatage, Holy Moses o Sacred Reich también se presentaron. La competición era feroz en las catacumbas del Metal y había que entretener al personal mientras se componía el siguiente trabajo –que acabaría siendo el notable Twisted Into Form-, así que estos muchachones se sacaron de la manga este Raw Evil: Live at the Dynamo: cuatro canciones que sirvieron para atrapar y ensordecer a cualquier que estuviera dispuesto a escucharlo. Y créanme, mis amigos: ustedes quieren escucharlo.

Su título no pudo haber sido más preciso: maldad cruda. La maldad está sobreentendida una vez que se escucha la música, pero la crudeza radica en que ésta es una grabación bastante natural de una banda en pleno auge de su concierto y envueltos con la agresividad que emana el Thrash Metal. He escuchado a personas decir que no es la actuación más “prolija” de la banda en esta gira. ¿A quién le importa? El Metal nació para ser tocado con pasión y cojones; Forbidden en el ’89 tenían de sobra por esas fechas. Sí, la versión de Judas Priest es la última canción del concierto y la ponen de primera; sí, Alvelais y Locicero fallan aquí y allá en la guitarra; sí, Bostaph no siempre se oye con completa claridad y el sonido del EP es extremadamente crudo. Y yo reitero: ¿A quién le importa?

Raw Evil es un episodio singular y necesario en el Thrash Metal: los putos Forbidden en directo cuando más mandaban en el underground y promoviendo su inolvidable debut. Éstas son las cosas y los momentos por los que amo este maldito género musical. Siéntate, amigo, y escucha conmigo estos cuatros actos de catedra acerca de cómo se toca, desde el corazón y las entrañas, el Thrash Metal visceral y poderoso. Se nos vienen los Forbidden en Eindhoven, nene.

Como dije con anterioridad, el EP comienza con la versión de Judas Priest, Victim of Changes. Aunque al comparar una de las dos partes siempre queda lastimada u ofendida, he de decir que esta interpretación de los norteamericanos le hace justicia a la original y los instrumentistas le agregan un toque un poco más pesado que la producción más (lógicamente) setentera del Sad Wings of Destiny. Russ Anderson es uno de los mejores vocalistas del Thrash y escucharlo tocar esta bestialidad de canción, desafiando los registros anormales de Rob Halford, son una prueba fidedigna de su portentosa voz. Una versión que gustará al fan de Priest al igual que al de Forbidden que le interese escucharlos en una faceta más “light”, por así decirlo. El final es apoteósico y se despachan un vendaval de guitarras fenomenal, incluyendo unos chillidos de Anderson que atraparán a cualquiera como ése sostenido que finiquita toda la cuestión. Excelentes. Pero nadie va a un concierto por los covers, ¿verdad? Queremos la sangre, la violencia y la intensidad del magno Forbidden Evil –lo exigimos, mejor dicho.

El tema título de su ópera prima prorrumpe como la irrupción de un volcán y las estupendas secciones de guitarra de Alvelais y Locicero –dupla de guitarristas infravalorados donde las haya- cargan el peso de una canción que cobra vida propia llevada al escenario. Anderson hace gala de su registro agresivo y robusto, mientras lo hilvana con ciertos pasajes de estridencia en el ya clásico estribillo. Un corte perenne, magistral y que deja entrever todas las idiosincrasias musicales de Forbidden en una caótica y destructiva, pero brillante, actuación en directo. Escuchen cómo el bastardo de Bostaph rompe su kit de batería con una energía cuasi inagotable –su rol en esta banda le acabó de valer como reemplazo de Dave Lombardo en Slayer (dos veces).

La siguiente la considero un clásico un tanto olvidado de este estilo llamada Chalice of Blood. Luego de ese estupendo alarido de Anderson –demostrando por qué es una de esas voces talentosas del género-, los instrumentistas van por la yugular y te atacan con una tormenta de Metal del más alto nivel. El estribillo es muy en la línea de lo que se hacía por esas fechas y el aporte de los dos guitarristas es, como siempre, fenomenal. ¿Qué más decir del corte, además de que es una de esas joyas imperecederas que debe ser escuchada por cualquier aficionado de este estilo de música? Y si piensan que eso estaba estupendo, lo que viene a continuación es una forma memorable para terminar este breve, pero brutal, concierto. Through Eyes of Glass es el corte favorito de un servidor de esta banda y encarna todo lo bueno de Forbidden en seis minutos y medio de una intensidad imperial: las vocales de talla mundial de Anderson, el binomio guitarrero de Locicero y Alvelais desplegando riff tras riff de una calidad incuestionable, el poderoso bajo de Matt Camacho –una figura en las sombras de Forbidden que solidifica todo lo que hacen- y un Paul Bostaph soberano en la batería. La canción es un deleite pesado a la par de técnico; melódico al igual que avasallador. Un balance que no ostentaban todos los grupos de la época y que, irónicamente, tal vez le costó a estos muchachos darse a conocer a una mayor audiencia –simplemente tenían un poco de todo.

Ahí lo tienen: casi media hora del mejor Thrash Metal técnico que van a poder conseguir en una actuación para el recuerdo. Lastimosamente, no hay ninguna grabación de todo el concierto, pero eso hubiera aún más épico –algo así como el hecho de que Maiden jamás hizo un directo del magno Somewhere In Tour. De todas maneras, aquí tenemos este breve y fabuloso testimonio de una de esas grandes bandas que probablemente pudieron haber dado más, pero que la época en la que surgieron –finales de los 80s- ya era demasiado tarde con los cambios que la escena iba a endurar. Aunque bueno, eso es material para otra historia.

Raw Evil pecará por su brevedad, pero que eso no engañe a nadie, ¿eh? Es un EP y para eso estaba diseñado y, además, en cuatro temas hay suficiente calidad para enganchar a los oyentes más exigentes. Por allá, en el ’89, estos cinco gringos conquistaron el Dynamo con una actuación fenomenal y nos dejaron deseando más con este magno EP. Ya luego saldría el brillante Twisted Into Form y sabríamos, sin ninguna duda, que la espera valdría la pena. Y con un EP como éste haciéndonos compañía, ¿cómo no iba a serlo?