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viernes, 25 de diciembre de 2015

Crítica: Iron Maiden – Iron Maiden.



¿Quién sabía entonces lo que se estaba comenzando? ¿Quién sabía, en los estertores de 1.975, que el día de Navidad simbolizaría el nacimiento de un idilio interminable? ¿Quién sabía, por esos tiempos, que se estaba germinando el inicio de, quizás, EL grupo de Heavy Metal por antonomasia? Ninguno de nosotros sabía eso; pero Steve Harris, ese bajista amante del Hard Rock y del West Ham United, sabía que esto de la música era lo suyo y que incontables fracasos en sus grupos anteriores no fueron más que la arcilla con la que moldearía ese ideario artístico que se transformaría en los irrepetibles Iron Maiden. Cuarenta años de una convicción que últimamente le han traído más perdidas que utilidades al propio Harris y a su grupo –te estoy mirando a ti, The Book of Souls y tu indulgencia Progresiva-; pero nunca hay que olvidar toda la grandeza, magia y belleza que supieron conjurar los británicos en esos atemporales años 80s y cómo se encumbraron como el grupo más influyente de Heavy Metal de esa década. Todos los grupos tienen un comienzo y en estas Navidades recordaremos ese debut homónimo que dio rienda suelta a una leyenda que resonará hasta el fin de los tiempos.

Los primeros pasos de la Doncella por las calles de Inglaterra estuvieron llenos de contratiempos en una batalla cuesta arriba que se tomaría cinco años para poder dar sus primeros frutos. Antes de dar con la alineación que publicaría el seminal debut, Harris había tratado con una amplia gama de músicos antes de por fin ensamblar la adecuada. En el proceso de construcción del grupo, Iron Maiden guerreaba para hacerse  un nombre en una escena donde proliferaba el Punk y los últimos latigazos de los gigantes Progresivos de los 70s –un ambiente harto difícil para sobresalir cuando se es un grupo con connotaciones más metaleras y un sonido marcado por las guitarras gemelas, además de un bajo galopante. Las primeros demos de la banda pueden ser escuchados en The Soundhouse Tapes en 1.978 –con Doug Sampson en la batería, y Dave Murray como único guitarrista-, que fue la primera experiencia de los imberbes británicos en un estudio y que no tuvo el mejor resultado en ese renglón, pero sí que encandiló a quienes lo escucharon con composiciones peculiares y energéticas como Prowler o la clásica Iron Maiden.


Al año entrante –con un cameo de la banda en el compilatorio Metal for Muthas con sus canciones Sanctuary y Wrathchild y una pequeña gira para dicha compilación-, el grupo entró al estudio para grabar su ópera prima; pero las diferentes problemáticas para asegurarse un productor de calidad forzaron el hecho de tener que colaborar con el altamente criticado Will Malone en la elaboración de dicho álbum. Hasta el día de hoy Harris es muy crítico de la calidad del primer trabajo por su producción irregular y por el propio desinterés de Malone por cooperar con ellos –al parecer pasaba más tiempo leyendo revistas y fumando que en los controles del estudio haciendo su aporte correspondiente. Éstos eran los tiempos pre-Martin Birch y la impronta de éste a partir del siguiente trabajo, Killers, probaría ser vital para el desenvolvimiento de los ingleses en su progresión ascendente hacia el trono del Metal. Ya con Dennis Stratton en la segunda guitarra y con Clive Burr en la batería, además del malogrado Paul Di’Anno en las vocales, la alineación estaba hecha y el primer álbum de Iron Maiden vería la luz. Con la colaboración de Malone, se puede constatar, gracias a los múltiples videos y demos que navega el internet, que el sonido de las composiciones de este primer álbum es una recopilación de las mejores piezas que constituyeron en esos vastos y tortuosos años de gira que los curtieron para ese momento definitorio. Y es que no hay que menoscabar un aspecto tan importante como los años formativos de la agrupación puesto que derivaron en la consolidación del sonido tan conciso, claro y característico que se escucha en su debut, aunque sólo fuera la base por la cual se evolucionaría a cosas más grandes y mejores.

Este homónimo con ese Eddie tan “punketo” en la portada fue el rostro visible que representaba el memorable (y significativo) movimiento musical de la New Wave of British Heavy Metal que marcaría el devenir de la década que nacía por esos años; Harris y compañía tomaron los cambios generacionales en el escena para plantarse luego de haber languidecido y sufrido en sus primeros tiempos en un mercado que no les favorecía. Era su momento. Imagínense estando en 1.980 y ver un álbum con una portada tan singular como ésta en la que aparece nuestro estimado Edward en todo su esplendor para luego ser atacado por temazos como Phantom of the Opera, Iron Maiden, Charlotte the Harlot o Remember Tomorrow –era algo inusitado para su tiempo y es por eso que hizo mella en el público de manera casi instantánea. En lo musical, su brillante mezcolanza de los Deep Purple más contundentes, las melodías de Thin Lizzy, las doble guitarras de Wishbone Ash y ese toque de Rock Progresivo que los distinguía del resto supusieron la creación del Maiden sound que tantas bandas tomarían posteriormente. Fue una irrupción en la escena como pocas veces se ha atestiguado.


Las notas iniciales de guitarra no sólo representan el comienzo de Prowler, sino también el despertar de un movimiento musical que hasta el sol de hoy aún da sus portentosos coletazos. Aquí ya notamos la aportación de las dos guitarras como uno de las características más singulares de la banda al igual que sus acojonantes cambios de ritmos más del Progresivo que del pre-Metal y las vocales de Paul que los alineó con la calaña Punk, por más que Harris detestara la categorización. La canción, hablando netamente en aspectos musicales, sería algo bastante típico en el catálogo de Iron Maiden, pero el contexto es importante y esa época ningún grupo sonaba con este desparpajo y esas ganas de una forma tan directa, detallista e intensa. La carta de presentación de esta Doncella para el mundo y que nadie nunca olvidaría.

Cambiando de escenario musicales, Remember Tomorrow es una magnífica balada, pero al mismo tiempo es mucho más que eso: es emotividad, pasión y belleza envueltas en un huracán de guitarras, bajo, batería y Metal. Una de las mejores canciones que haya hecho Maiden y una en la que se aúnan la calma más relajante con las tormentas más abrasadoras para culminar en una brillante canción donde Di’Anno hace gala de un pedazo de voz que, aunque no será la más técnica, te atrapa por su sinceridad y por su feeling. El pasaje instrumental es de infarto y es que Dave Murray siempre ha sido un genio para componer solos brillantes sin caer en su propia auto complacencia como músico –sin duda, uno de los más grandes en el negocio. ¿Qué más agregar? Un himno sempiterno de la agrupación y que, como dato curioso, sería la pieza que le conseguiría el trabajo de vocalista a Bruce Dickinson en Iron Maiden.


El bajo de Harris y la batería de Burr abren lo que fue uno de los primeros singles del grupo, Running Free. Una favorita del público en los conciertos de los británicos hasta la actualidad, su estructura es bastante simple con el incesante andar de las guitarras de Murray y Stratton mientras que esas letras de huir de la ley y buscar libertad en las sombras son entonadas por un inspiradísimo Di’Anno que carga el peso de la canción –realmente es la estrella del show aquí con su forma de “escupir” las letras. Una pieza algo simple y comercial para los estándares de Maiden, pero que te entretiene y te engancha por lo bien que la ejecutan, de la misma forma que lo harían en Run to the Hills o 2 Minutes to Midnight en obras posteriores (aunque un servidor ya está harto de esas canciones de tanto escucharlas).

La piedra angular de esta obra es la irrepetible Phantom of the Opera o como yo la llamo: el primer coqueteo real de Harris con el Progresivo. Fanático irredento de Genesis, Yes y Uriah Heep, el bajista saca a relucir algo de estas influencias en un corte trepidante y energético de una velocidad insospechada para los tiempos –muchos grupos de Thrash tomarían nota de esto- y una precisión en las guitarras fenomenal –realmente es una pieza increíble, por donde se le mire. La parsimonia del epicentro de la canción para luego ir in crescendo con la sección de bajo de Harris es uno de los mejores momentos instrumentales que un servidor ha escuchado de la banda y es que esto es genuino Metal Progresivo: una evolución y movimiento constantes en el andar de la canción que requiere de una musicalidad pocas veces suscitada –es el trabajo de genios, siendo franco. Una canción que se ha escuchado desde aquí hasta China y que es sensacional, legendaria y lapidaria. Grandes.

Uno de los aspectos sonoros que han sido siempre copiados de Iron Maiden por incontables grupos han sido sus ritmos galopantes que se asemejan a las cabalgatas de un caballo; bueno, la instrumental Transylvania deja entrever esa peculiaridad tan faustosa de la agrupación en un vendaval notable de guitarras por parte del binomio Stratton/Murray mientras que la base rítmica de Harris y Burr van a lo suyo, que no es poco, para deleitarnos con una de esas instrumentales que hoy en día creo que vendrían bien para que la banda desahogue todo su exceso indulgente de parafernalia técnica. Con mucha influencia de las baladas psicodélicas de los 70s, Strange World es una pieza algo menospreciada en el catálogo de la agrupación: una canción minuciosa, íntima y que realmente te traslada a un mundo que trasciende más allá de los reinos de tu imaginación a la par de las melodías de guitarra, sus punteos apasionados y un Di’Anno que parece inmerso en un trance que le permite transmitir esa abrigadora sensación de sosiego. Uno de esos hallazgos para quienes no estén más familiarizados con el historial de la banda y una canción que debe ser degustada con total tranquilidad.


Líricamente hablando, el grupo transmutó bastante en sus años formativos a sus tiempos como estrellas del panorama musical. En estos tiempos imberbes del grupo, donde la mayoría de sus canciones llevaban compuestas un buen par de años, las temáticas de cortes como Charlotte the Harlot, que lidian acerca de una prostituta –tema que volverían a tocar en otros álbumes-, se volvería algo poco frecuentado por el grupo. En fin, siguiendo la vertiente más sucia y afilada de Prowler, esta canción es rápida, agresiva y con un Burr bestial con las baquetas en toda su duración. Siendo sinceros, me parece el tema más descartable de la obra, pero ésa es una percepción bastante personal de quien suscribe.

¿Puedes encerrar todas las idiosincrasias musicales, todas aquellas que definirían el devenir de tu carrera, en una sola canción? Harris y sus muchachos lo intentaron con la seminal Iron Maiden y pienso que los muy bastardos lo lograron. Si pensamos en el sonido más clásico del grupo, aquí tenemos los galopes, las melodías de guitarra y los cambios de ritmo en pro de la canción –está todo lo que hace grande a esta banda. Pero más que eso, esta favorita en los conciertos de la agrupación puede ser considerada como una celebración de lo que es el grupo y lo que representan; una prueba fidedigna que encapsula todo el sonido de la banda y lo que buscan conseguir. Ocho canciones que se convertirían en ochos escenas del primer capítulo de una historia que cambiaría el mundo de la música como conocemos y que derivaría en el arribo del grupo más grande de la historia del Metal como lo conocemos.

Iron Maiden no es un álbum completo; es un trabajo muy serio y bien elaborado, pero que le falta pulirse en el tema de la composición para llegar a ser lo que acabarían siendo obras como Powerslave, Somewhere in Time o Seventh Son of a Seventh Son. El álbum trascendió más allá de Europa e incontables jóvenes en todo el continente americano, no solo en Estados Unidos, se convirtieron en fanáticos de la banda hasta el punto de usar esta placa sonora como la inspiración de los diferentes estilos que marcarían a los 80s como el Thrash, Speed, Power y el naciente Metal Progresivo de entes como Queesnrÿche o Fates Warning. Es un álbum cuya influencia aún está latente.


Para definir los tours que fraguaron los de Iron Maiden en los 80s hay que simplemente rendir alabanzas a una agrupación que trabajó casi sin parar durante la década para hacer llegar su mensaje a las masas y ganándose su fama mediante el rigor de los conciertos en vivo, además de una estrategia de mercadotecnia brillante de su manager, Rod Smallwood. Ese ascenso sería vital con su rol de teloneros de Kiss en su gira de Unmasked, en la que la ayuda de Stanley y Simmons significó uno de los primeros pasos de la agrupación hacia el estrellato mundial; pero libres de parafernalia innecesaria o de polémicas sin valor –lo lograron a base de trabajo y dedicación. En esta gira también se desvirtuó una ya poco amigable relación entre Stratton y Harris puesto que el guitarrista no gustaba mucho de pasar el tiempo con sus compañeros de banda, por lo que frecuentó la mayoría de esa gira con el crew de Kiss y, aunado a eso, poseía unos intereses musicales que distaban mucho de lo que buscaba la banda, incluso llegando a alterar la producción de algunas canciones en el proceso –esto obviamente descarriló la paciencia de Harris y derivó en el éxodo inmediato del seis cuerdas. Esto sería uno de los momentos más importantes de la historia de la banda porque un guitarrista amigo de Murray, un tal Adrian Smith, se mostraría proclive al prospecto de unirse a la agrupación para formar un binomio guitarrero histórico.

Hace cuarenta años exactamente se estaba presentando el inicio de una agrupación que cambiaría el destino de millones con el incesante pasar de los años. ¿Cuántos de nosotros no hemos dicho que descubrimos el Metal gracias a Iron Maiden? ¿Cuántos de nosotros no hemos sido marcados por las siempre imitadas y nunca igualadas melodías de guitarra de Smith y Murray, el bajo imperial de Steve Harris, el golpeteo tan peculiar de McBrain o las sempiternas vocales de Bruce Dickinson? Este debut es muchas cosas pero, por sobre todas las cosas, es el puntapié inicial a una carrera llena de vivencias, glorias y derrotas. A pesar de que ya no ostenten el nivel de antaño, su clase, señorío e integridad musical son un ejemplo por el cual todas las jóvenes generaciones deben guiarse para comprender que se pueden cumplir los sueños y las metas sin necesidad de claudicar ante el clamor populista. Nadie sabía lo que se estaba comenzando; pero todos estamos muy felices por ello en estas Navidades: el nacimiento de Iron fucking Maiden.


¡Feliz Navidad a todos!

viernes, 16 de octubre de 2015

Crítica: Iron Maiden – Somewhere in Time



Hay álbumes que te dejan marcado para toda una vida. Puedes recordar con perfecta claridad y exactitud el día que lo escuchaste por primera vez y cómo te invadía esa sensación de emoción al encontrar esa pieza de orfebrería musical que, sin darte cuenta, estabas buscando desde hace mucho tiempo. Y no estoy hablando solamente de la música, sino también de las letras, de la portada, del libreto del álbum e incluso de los conciertos de la gira de dicho trabajo que encapsulan esa época tan particular del artista en cuestión. Es como si esa obra tomara vida propia y pintara imágenes en los lienzos de tu mente. Vivencias como ésas no tienen parangón. Un servidor sabe de lo que habla puesto que lo revive cada vez que escucha el magno Somwehere In Time de Iron Maiden. O como yo lo llamo: el álbum olvidado de la Doncella de Hierro.



En las postrimerías de la World Slavery Tour 84/85, gira que cimentaría a la banda de Steve Harris como el grupo de Heavy Metal por excelencia de los años 80s, Iron Maiden era una agrupación agotada física, mental y creativamente luego de la brutalidad de un tour tan extenso. Cuenta la leyenda que tal era la extenuación de la banda por esos tiempos que sus últimos conciertos de esa gira eran de un nivel bastante pobre y que ya no podían dar más de sí mismos luego de haber hecho casi doscientos conciertos en doce meses. Una razón bastante entendible cuando se sabe que el combo británico llevaba cinco álbumes y un directo en cinco meros años –todo eso entrelazados con giras voluminosas que iban en crecimiento luego de cada álbum. Por primera vez en esa década –y cosa que se volvería una norma a partir de ahí-, la banda decide tomarse un tiempo libre para recuperar la energía perdida en tan cruento tour para luego pensar en ideas para el sucesor de su seminal quinto trabajo, Powerslave. A pesar de haber sido un álbum muy exitoso y la gira fue igualmente magnífica, cosa que se puede constatar en el directo Live After Death, había dejado secuelas que con el pasar de los años afectaría el porvenir del grupo. Y todo eso empezaba desde el micrófono.




Bruce Dickinson fue el más afectado por el rigor de la World Slavery Tour y el futuro piloto de aviones reconoció en años posteriores que ya no le quedaba nada en el tanque como fuerza creativa y que había barajeado la posibilidad de abandonar al grupo por el hecho de que pensaba que no podría repetir todo el proceso una vez más. Sentía que no le quedaban energías para continuar luego de que había pasado por la dificultad tan dura de cantar cinco o seis noches por semana, cosa que es harto difícil para un vocalista de su registro. Finalmente, lo convencieron para continuar en la banda; y bien hicieron porque la actuación vocal de Bruce en este álbum es de las mejores en toda su carrera. Pero hay que destacar que el vocalista no fue el único en sufrir por esa gira; Steve Harris también reconocería posteriormente que su mente estaba totalmente frita luego de la misma. Incluso el mismo Adrian Smith, quien una vez contó una anécdota de que estaba tan pero tan extenuado y afectado que luego de la gira fue a visitar a sus padres y acabó tocando en la puerta de la casa equivocada.



Luego de sus vacaciones –que iban a ser seis meses, pero que acabaron siendo solo cuatro por decisión de Harris y el manager de la banda, Rod Smallwood-, la preparación del sexto opus de la Doncella se vio entorpecida por las sugerencias de Dickinson que instaba a sus compañeros a darle un giro musical absoluto al combo inglés. Pensando que ya habían alcanzado su zenit artístico en el ámbito metalero, sugirió hacer un trabajo de corte más acústico. Steve Harris, ejerciendo su papel de mandamás sin dubitaciones de Maiden, descartó la posibilidad a las primeras de cambio porque “así no era Iron Maiden”. Es por eso que al ser rechazadas sus ideas en las composiciones, Bruce Dickinson no tiene ni un solo crédito en los temas de Somewhere in Time y, citándolo, “solo ejercí el rol de cantante”. Es importante destacar lo sucedido en este trabajo porque comenzó a cimentar ciertos aspectos en la dinámica de la banda: demostró la predominancia de las personalidades de Harris, Dickinson y Smith como las fuerzas creativas del trabajo. Y además de eso, dejaba las primeras muestras de un Bruce que no estaba 100% a gusto con la propuesta del combo y que quería hacer otras cosas que no encajaban con el modus operandi del mismo. Martin Birch, el productor de la banda en los 80s, lo dijo en su momento: que a veces temía que Dickinson e incluso el propio Adrian aportaran mucho porque sus ideas solían alejarse un poco más de la cuenta de la ideología de Iron Maiden. Y es por eso que podemos comprender cómo el deseo de Dickinson de arriesgarse, romper el libreto e ir por algo totalmente nuevo terminaría por colisionar con la claridad musical de Harris hasta acabar en un solo desenlace: su retiro de la banda. Pero eso pasaría muchos años después y nos adelantamos a los hechos.



Sin el aporte de un vocalista que no estaba pasando por un momento de lucidez creativa, Adrian Smith dio un paso al frente con sus composiciones para complementar las de Harris. Y aquí me detengo para decir que el nacido en el Este de Londres nunca ha tenido el reconocimiento merecido como compositor y es uno de los principales bastiones del triunfo musical de Iron Maiden en su glorioso periplo ochentero. Aquí aprovecha la vacante de Dickinson para tener el protagonismo que su figura ya demandaba por esos años y se despachó tres joyitas en el trabajo. Éste es, en muchos sentidos, el álbum de Adrian Smith en Iron Maiden, y ése es uno de los principales motivos de la excelsa calidad del trabajo del ’86.


Conceptuado en Nueva Jersey y luego grabado en las Bahamas, Somewhere in Time fue concebido como un intento por parte de los británicos de adaptarse a las nuevas costumbres musicales y tecnológicas que se estaban fraguando por allá en 1.986. El uso de sintetizadores, reverb en las vocales y un golpeteo más electrónico en la batería fueron los elementos populares de la década que hallaron cabida en el sonido del grupo en esta obra. Para bien o para mal, éste es el trabajo más ochentero de su catálogo, y eso sería uno de los motivos divisorios entre los fans para apreciar el álbum: a algunos les disgustaría la introducción de estos elementos y a otros les parecería interesante el giro de tuerca al ya clásico estilo de la banda. Quien suscribe ciertamente se encuentra en el segundo grupo.




Entonces, ¿por qué el Somewhere in Time es el álbum olvidado en el catálogo de Iron Maiden? Porque, con el pasar de los años, se ha convertido en un trabajo que ha quedado en tierra de nadie en la historia del grupo. Genera opiniones contrastadas en el mismísimo seno de la banda puesto que no terminan de valorarlo en su entereza e incluso el propio Dickinson, quien nunca estuvo muy a gusto en el proceso de grabación del álbum, lo ha juzgado como “un álbum de ideas inconclusas” y “solo otro álbum de Iron Maiden”. A diferencia de su álbum hermano en el campo experimental, el Seventh Son of a Seventh Son –no hay que desdeñar la influencia de la sexta obra sobre la séptima-, no tiene la misma apreciación de sus autores. Creo que esto se debe a raíz de las críticas iniciales que cosechó el trabajo en la época de su publicación por el nuevo sonido “comercial” y por el hecho de que nunca ha sido un trabajo tan exitoso como los anteriores. En cierto modo, aquí comenzó el contacto de la banda con las opiniones divisivas. Siempre ha sido el álbum del que menos se habla, que menos tocan en vivo y es el periodo de la historia de la banda que menos repercusión ha tenido. Pero que todas esas vicisitudes no los alejen de la realidad: Somewhere in Time es uno de los mejores trabajos de Harris y los suyos. Para mí, es el mejor y a continuación les explicaré el por qué.



Tomamos el álbum con nuestras manos y lo primero que nos atrapa, que nos cautiva, es la magnífica portada con el Eddie cibernético transitando un mundo futurístico reminiscente al evocado en la película Blade Runner de 1.982 mientras les dispara a un pobre bastardo que probablemente osó hacerle frente. La ilustración completa muestra a los cinco miembros y un sinfín de detalles que te sumergen en una realidad distante con muchos a la historia del grupo: Ancient Mariner Seafood Restaurant, Aces High Bar, 23:58 PM, Phantom Opera House… y la lista de detalles sigue interminablemente. Derek Riggs siempre será el diseñador gráfico por antonomasia del grupo y aquí nos encontramos con su trabajo consagratorio; un miembro importantísimo para unificar todas las ideas de la banda en un arte gráfico claro y con una personalidad muy marcada. Para mí, ésta es LA portada del Heavy Metal; de ésas que te atraen a escuchar el álbum y te traslada a su mundo tan peculiar, como el acoté en la introducción. Vamos al mundo del Eddie del futuro y contemplemos esta música atrapada en algún lugar del tiempo.




Cuando Adrian y Dave Murray nos agracian con esas guitarras dobles que abren el álbum en Caught Somewhere in Time, sabemos que las cosas han cambiado, aunque sea de la forma más leve posible. Se nota en las guitarras más sintetizadas, el bajo más imperante (de lo usual) y una batería que resuena más… pero entonces cambia el ritmo a una de esas galopadas tan de ellos como si nos dijeran “tranquilos, que esto sigue siendo Iron Maiden”. La adrenalina que fluye por tu cuerpo al escuchar esta trepidante pieza asciende cuando Bruce prorrumpe en la cuestión y ya notamos que su voz está mejor que nunca. Una canción que tiene leves, ínfimos, toques Progresivos en la sección instrumental que termina con ese golpeteo de batería de McBrain que nos hace retornar a la melodía principal de la canción. Oído con lo que hace Nicko con las baquetas en este trabajo: aquí se despacha a gusto en la batería y cuaja, en dura pugna con el Seventh Son…, su mejor actuación detrás del kit. Un opener del más alto calibre y la introducción perfecta para adentrarnos al mundo que estos cracks han preparado para nosotros.



Casi sin dejarnos respirar, Adrian nos da la bienvenida a Wasted Years con sus ya característicos punteos y las tenues partes de bajo de Harris que sirven como un complemento idóneo para la delicada orfebrería de un guitarrista que nunca fue el clásico shredder que tan popular era en la década sino más bien un preciosista de los detalles. Dickinson le pone mucho sentimiento al asunto y cuando se llega al estribillo podemos entender que éste es el primer paso de Maiden a la clara e innegable comercialidad –y está bien mientras las canciones tengan la calidad de Wasted Years. Escuchen el más que reconocido y aclamado solo de Adrian donde va in crescendo hasta conectarse con el estribillo de la canción; uno de esos solos que se toman su tiempo y que van partiendo de una base que es la melodía principal. Sencillamente brillante, técnico y con gancho –uno de los mejores momentos de Adrian.



Si Wasted Years fue un coqueteo de la Doncella con las masas más “popperas”, entonces Sea of Madness irrumpía en el panorama para dejar bien en claro que los ingleses no se habían amilanado con un comienzo devastador –de lo más pesado en el catálogo de la banda- y un Harris que carga el peso de la composición con sus ritmos galopantes de bajo que se asemejan a los de toda una horda de caballos que arrasan iracundos. El corte despliega un aura un tanto mística y hay un pequeño interludio apaciguado donde la voz de Dickinson es apoyada por una vocalista femenina que prefirió permanecer en el anonimato. El estertor de la canción es pura canción y es uno de los puntos más fuertes del trabajo. No tiene desperdicio.




Por más que lance rosas y lisonjas al trabajo que tenemos aquí, no es una obra perfecta y eso lo denota el siguiente tema, Heaven Can Wait. Ahora, no me malinterpreten: me parece una canción disfrutable, energética y que puede entretener al oyente, pero que dista de la calidad que ostenta el resto del trabajo. Es la pieza más comercial y accesible del álbum junto a Wasted Years con su estribillo “fácil” y una sección intermedia con cánticos futboleros. No tengo nada en contra de esta canción, pero me parece la más descartable del trabajo y pienso que es como una abolladura en un álbum de tan alta calidad.



Inspirada en la novela del mismo nombre, The Loneliness of the Long Distance Runner se mueve rápida, agitada y casi inquieta con unos riffs que empujan al tema con un Dickinson que parece evocar al corredor de las líricas de Harris. Es una pieza monotemática en su propuesta, pero bastante emocionante y no te aburres en ningún momento; es velocidad avasalladora que, por más raro que se lea, no suena a nada más de esa época. Y eso es lo realmente encantador y fascinante de Somewhere in Time: no suena a nada más en la escena de esos años. Harris y compañía comenzaban a tener rivales variados en la forma del Thrash Metal, pero el grupo seguía reinventándose y sacando conejos musicales de sus sombreros. Estaban en un periodo demasiado fructífero, creativamente hablando.

 

A ritmo de la batería de Nicko y con unos riffs más sintetizados que nunca, Stranger in a Strange Land es un medio tiempo bastante gozador donde se denota una vez más la pluma de Adrian y la mano de Harris con un bajo que fluye con una naturalidad pasmosa en toda su duración. Dickinson canta de una manera más introspectiva esas letras melancólicas mientras que la canción consigue una cierta majestuosidad. Gran trabajo en las guitarras de Murray y Smith, demostrando una vez más su grandeza como uno de los binomios más sorprendentes en las seis cuerdas.




Guitarras misteriosas y con un leve tinte Blues hacen las veces de intro en Deja-Vu –la única composición con el aporte del no siempre reconocido Dave Murray. Una canción muy en línea con lo que hacía Maiden por esos años con unas melodías de guitarras bastante “cantables” y una batería portentosa de Mr. McBrain. Dickinson hace un cambio de registro en algunas secciones para luego irrumpir con toda la clase e histrionismo que le es tan característico. Ahora nos tocaba el plato fuerte, amigos. El gigante de toda esta cuestión. Espero que estén preparados.



Alegorías a la historia, histrionismo y grandilocuencia musical, mucha influenza Progresiva: la esencia misma de las épicas de Iron Maiden en un solo corte –la legendaria Alexander The Great. Inspirada en la vida del emperador macedonio, este tema de la Doncella hace mucho énfasis en la teatralidad sonora, pero no deja de lado el buen hacer de los músicos y aquí podemos constatar eso con un trabajo minucioso de los guitarristas; realmente cargan el peso de la composición en esta obra maestra. Dickinson la borda en esta canción y demuestra que, a pesar de que su voz quedó hecha remiendos en la última gira, aquí está en, tal vez, la mejor forma de su carrera. El final es apoteósico y totalmente memorable; se me erizan los pelos al escuchar ese característico “He died of fever in Babylon!!!” en el anochecer del tema. Uno de esos temas injustamente olvidados por el grupo –como todo el álbum, para ser justos- y que nos muestra el nivel, el nivelón, que ostentaban estos hijos de sus reverendas madres en los 80s. Era la cúspide artística del mejor grupo de Heavy Metal de los 80s encapsulada en este magno e irrepetible Somewhere in Time.




La gira para promocionar el trabajo, ingeniosamente llamada Somewhere in Tour, es uno de los momentos más controversiales entre los fans de la Doncella por un simple hecho: la falta de documentación fílmica del tour mismo. Con el pasar de los años, casi todas las giras de los 80s de Maiden han tenido sus respectivos videos en vivo oficiales e incluso extensos documentales acerca de esa época en particular; Somewhere in Time solo tuvo uno compartido con el Seventh Son. Por el otro lado, hay que decir que la escenografía, la cantidad de artilugios (Eddies inflables, arte futurística e incontables promociones usando la parafernalia de la portada) e incluso el atuendo tan peculiar de Bruce de viajero en el tiempo hicieron de esta gira una bastante especial a los ojos. Desafortunadamente, incluso en la gira de promoción, las canciones no tuvieron el apoyo que necesitaban: Loneliness of the Long Distance Runner fue removida del setlist luego del primer concierto, Sea of Madness no fue tocada en la gira norteamericana y Alexander The Great no sería tocada en general a favor de, una vez más, la épica de Powerslave, The Rime of the Ancient Mariner. Debido a la enorme cantidad de conciertos del tour pasado, disminuyeron el número de los mismos y por se puede escuchar a una banda mucho más fresca en diferentes bootlegs; les recomiendo el Children of the Devil, si quieren escuchar lo más cercano a un Live de esta gira. Maldito sea Rod Smallwood por no permitirle a Harris que grabara un video de esta gira.



Esto no ha sido más que un humilde intento de un servidor por rendir homenaje a un álbum que significa muchísimo para mí y que encarna todos los aspectos que amo de esta música: melodía, velocidad, técnica, pasión, intensidad, buen hacer, arte de primer nivel… un cúmulo de elementos que hacen del sexto trabajo de la banda de Steve Harris la epítome de su sonido. Tal vez es su encanto de álbum olvidado lo que le hace un poco más especial al resto, pero es que Somewhere in Time simple y llanamente tiene algo. A pesar de que los miembros de la banda nunca creyeron al 100% en la calidad de este trabajo, lo que hicieron aquí atrapa un momento de inspiración bastante singular: el pasaje instrumental de Caught Somewhere in Time, el interludio apaciguado de Sea of Madness, las vocales de Bruce en Deja-Vu o la irrepetible majestuosidad de Alexander The Great son solo algunos momentos que quedarán para siempre grabados a fuego en lo profundo de mi Metal Heart. Somewhere in Time: un álbum olvidado en la interminable distancia del tiempo.