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viernes, 17 de junio de 2016

Crítica: Yngwie Malmsteen – Odyssey



¿A quién en su sano juicio se le ocurre hacer colaborar a dos de los egos más portentosos y combativos del todo el espectro Rock/Metal para realizar un álbum y pensar que ésa sería una idea que funcionaría? A nuestros amigos de Polydor Records les pareció un plan que resultaría bastante bien en 1988 y decidieron agrupar al explosivo Yngwie Malmsteen –el exhibicionista por excelencia de las seis cuerdas, el que no puede ser contenido por ninguna banda y el Zlatan Ibrahimovic del Metal- con un vocalista que no deja indiferente a absolutamente a nadie, Joe Lynn Turner. A priori, esto era un matrimonio hecho en el infierno y los hechos probaron ser así; Turner y Malmsteen no cesaban en sus guerrillas personales y sus diatribas, pero en el proceso dejaron para el recuerdo uno de los trabajos más sólidos de la carrera de Yngwie –y para un servidor, el mejor de todos. Odyssey es el cuarto álbum de la carrera solista del afamado seis cuerdas sueco y es el punto cumbre de una trayectoria que ha hecho escuela y ha dejado su sello durante sus décadas tocando su estilo excesivo y bombástico en la guitarra. Y cuando le trajeron a Turner, ufff, ni te cuento.


Contextualizando, Yngwie estaba en una racha creativa muy importante cuando se analiza que en su trayectoria solista ya llevaba tres álbumes de gran factura: Rising Force, Marching Out y Trilogy -cada uno con una serie de temazos que me tomaría toda la entrada mencionar y describir como se merecen- posicionaban al sueco como una realidad en el mundo del Metal y como una figura importante para su discográfica, Polydor, por lo que después del éxodo de su segundo vocalista, el excelso Mark Boals, decidieron reemplazarlo con un peso pesado en la escena: Joe Lynn Turner de fama Rainbow. Odyssey es un capítulo bastante interesante en la carrera del guitarrista puesto que refleja la primera y última ocasión en la que cedió parte del poder creativo para crear un compendio de canciones que aunaran de buena manera la grandilocuencia de su inventiva musical y la comercialidad –en el buen sentido de la palabra- que ofrece la impronta de un vocalista tan consumado como Turner. Despreciado por muchos debido a su tono de voz tan “amanerado” y por el hecho de que sus álbumes tienden a tener un enfoque notorio en la accesibilidad comercial –como si eso fuera un obstáculo para hacer un buen álbum-, el americano supo afrontar el reto de colaborar con un sujeto tan volcánico y sanguíneo como Yngwie y aportar lo suyo para facturar un trabajo compacto, claro en ideas y que puede gustar a diferentes sectores de oyentes, si se le da la oportunidad al álbum.

Como dije al principio, era una colaboración destinada a la confrontación si tomamos en consideración el historial de conflictos de Malmsteen con, bueno, todo el mundo y a un Turner que ya tenía su justa parte de experiencias trabajando con personajes complicados y egotistas como le pasó en su estadía en Rainbow con Ritchie Blackmore. Si agregamos a esos dos nombres la contribución de músicos un tanto infravalorados como lo son los hermanos Johansson –Anders en la batería y Jens en los teclados- y el siempre presente Bob Daisley en el bajo –creo que tocó en 16478 álbumes de Metal en los 80s y todos eran buenos-, se tiene un Dream Team capacitado para hacer un trabajo de nivel. Y puede apostar su maldito trasero a que éste lo tiene.


El cuarto trabajo de Yngwie mantiene ciertos conceptos de sus obras previas: predominancia en las guitarras –aunque es cierto que Malmsteen se “contiene” un poco más en este álbum-, muchos pasajes instrumentales, ganchos melódicos –sean instrumentales o en las vocales- y temas a medio tiempo que se ven entrelazados con algunos más veloces y atrevidos. Lo que lo diferencia a los anteriores es la producción superior –de lo mejorcito que van a escuchar en este renglón del sueco en los 80s-, el sonido más portentoso de la batería con ése tono muy de la época, mayor protagonismo en las baladas y un Jens Johansson que dicta cátedra en los teclados como muy pocos en un tiempo donde el instrumento no era tan apreciado como lo es ahora. Incluso podríamos argumentar que el Odyssey supuso un punto de inflexión en lo que después se daría a conocer como Euro Power Metal puesto que la combinación entre Yngwie y Jens con sus solos y en otros pasajes instrumentales durante la obra suponen una influencia directa en bandas que surgieron en los 90s como Rhapsody of Fire o Symphony X (aunque éstos son gringos), por mencionar a un par. Para bien o para mal, este álbum hizo escuela y llevó a la estrella del sueco a volar más alto que en toda su carrera, si lo vemos desde una óptica de mercadeo y comercialidad –en resumen, fue un maldito hit.

Todo lo anterior no quiere decir que la realización de esta obra haya sido plácida y llena de diversión –aunque si bien es cierto que Anders declaró muchos años después que se la pasaban bebiendo en todo momento-; al contrario, ninguno de los dos autores principales de Odyssey, Malmsteen y Turner, gustan en demasía del tiempo que pasaron juntos como compañeros y se refieren al trabajo con cierto desdén. Es fácil de entender cuando se analiza que este álbum fue hecho en el momento en el que el sueco estaba recuperándose del deceso de su madre y de un accidente automovilístico que fue producto de conducir ebrio; era una época en la que Yngwie era un alcohólico empedernido, los hermanos Johansson no recibían mucho dinero por sus contribuciones y Turner arribaba como un movimiento de la discográfica para apaciguar al malogrado vocalista y hacerlo más rentable en el aspecto musical, como quien dice. Yngwie no se recuperó con tanta facilidad; pero sí que pudieron sentarse a trabajar y ahí se notó la diferencia con el fichaje de Turner porque se atestigua un cierto cambio en la fluidez de las canciones: ya no hay tanto énfasis en la vistosidad técnica, sino en la calidad y suntuosidad de la canción; los cortes se dejan escuchar con facilidad y mantienen la esencia de lo que es Yngwie. Crédito a Jeff Glixman, productor de grupos como Saxon o Black Sabbath, por hacer que todo suene homogéneo y cristalino –su trabajo no debe ser subestimado.


La cosa comienza a las mil maravillas con ese balazo sónico de Metal técnico y depurado que es Rising Force: un corte que comienza pletórico con un Anders Johansson protagónico en la batería y que presenta a un Turner en plan estelar desde el principio con una interpretación muy pasional en perfecta consonancia con los rapidísimos riffs de Yngwie. El estribillo me parece emotivo a la par de elegante, además de estar envuelto en un tema épico y donde nos percatamos de la facilidad de gancho del nuevo álbum. Oído a ese duelo instrumental entre Yngwie y Jens; influencia directa en lo que harían Michael Romeo y Michael Pinnella en los 90s con Symphony X.

La segunda pieza del Odyssey es un medio tiempo que irradia un rasgo bastante particular: elegancia. El sueco y su equipo de trabajo tienen eso a borbotones y se nota en esta canción que fluye con naturalidad y que es, a mi criterio, uno de los mejores momentos de Malmsteen en la guitarra. Sí, Joe suena fenomenal en las tesituras pausadas y más relajadas de esta canción; pero las melodías y solos que se despacha el “jefe” de la operación son, francamente, arrebatadoras. Tal vez Yngwie ya no es lo que una vez fue, pero en su apogeo, era capaz de genialidades como ésta. Por el otro lado, se ha mencionado muchas veces que la llegada de Turner “suavizó” el sonido del combo; convengamos que siempre hubieron composiciones en el repertorio del seis cuerdas que eran material de singles, siendo You Don’t Remember, I’ll Never Forget un antecesor directo de uno de los hits de este álbum, Heaven Tonight. Es una buena canción y sigue los patrones de la mayoría de los temas accesibles de Hard Rock de los 80s, entendiendo esto por el uso de sintetizadores, mucho medio tiempo, un estribillo pegajoso y un trabajo pulcro en la guitarra.


He hecho mucho hincapié en lo que representó este Odyssey para la siguiente generación de músicos metaleros en los 90s y es que me es imposible pensar que el 88% de las bandas de Power Metal que hicieron vida en la siguiente década no tomaron nota del porte, señorío e indiscutible calidad de un temazo como Dreaming (Tell Me). Esto no es una balada, sino una clase dictada por cinco grandes músicos acerca de cómo erigir un tema imperial –tomen nota, por Dio. Atmosférico, apaciguado y hasta un poco taciturno en su entrega, Dreaming escapa de los paradigmas de repetitividad de otros temas similares y es una composición donde se atestigua la fascinación de Malmsteen por la música clásica; su labor en la guitarra es minuciosa y oportunista porque sabe cuándo soltar la vertiginosidad de su solo para dejarte sin aliento y cuando dejarte respirar. Turner se encuentra en su zona vocal y suena como los grandes en, a mis oídos, la mejor balada de Yngwie Malmsteen.

Regresamos a la agresividad con Bite The Bullet y se retoma el camino dejado atrás en el debut, Rising Force: una composición instrumental donde Yngwie le da rienda suelta a su habilidad quemando el mástil, cosa que le ha ganado la reputación de un “masturba mástiles”, y se permite un solo extendido que pienso que no resta ni suma a la obra. En una línea similar (pero con vocales), Riot In The Dungeons ataca y asalta con premura al oyente; es un tema intenso y que te mantiene interesado durante toda su duración mientras Turner suena muy bien complementando las brillantes partes de guitarra y teclado de Yngwie y Jens, respectivamente. El álbum posee una estructura muy clara de canciones y saben responderte bajo ese concepto; algunos lo verán como algo repetitivo, pero a un servidor le gusta lo compacto y lo sólido de las composiciones.

Una de mis canciones favoritas del trabajo es Deja Vu –no confundir con el otro temazo de Maiden-, que es un medio tiempo bastante gozador y que contiene un interludio instrumental donde Malmsteen se luce completamente y se roba el show. El estribillo va directo al punto y se quedará en tu cabeza sin mucho problema, como la mayoría de los coros en este álbum. Crystal Ball, por el otro lado, es un Hard Rock conceptuado en su mayoría por Turner –hubo una polémica en su momento con este tema porque, al parecer, Malmsteen habría tomado el crédito de la composición- y con mucho más protagonismo del sueco en la guitarra en comparación con el resto de la obra. Jens Johansson toma el asiento del conductor en la introducción de Now is the Time y su hermano no tarda en unirse a la fiesta para desembocar en un corte accesible, ganchero y que les recordará en algunos pasajes a lo que el vocalista hizo con Blackmore en Rainbow. Una canción que, aunque buena, no me dice mucho, siendo sincero, y que pienso que podría haber sido mejor. También tiene una cierta influencia de Bon Jovi.


¿Quieren magia, intensidad y calidad a raudales en una sola canción? Pues el grupo se saca un as de la manga con Faster Than The Speed of Light o como yo la llamo: la mejor canción del álbum. Parecida a las piezas más aceleradas, la banda se pone a su máxima velocidad y desatan un sinfín de riffs, golpeteos de batería y vocales majestuosas en un vendaval musical que no dejará indiferente a nadie. Y si tienen dudas, el solo de Yngwie es BRUTAL y es seguido por unos instrumentistas que nunca han recibido el crédito merecido por ser dos de los mejores músicos con los que ha contado el sueco en su dilatada trayectoria –la verdad es que lo de los hermanos Johansson en esta canción (y en todo el álbum) es para sacarse el sombrero. Y si no tienen sombrero, pues búsquense uno y quítenselo para felicitar a estos dos cracks de la música. Si quieren engancharse con la banda de Malmsteen, vayan directo a esta canción y les aseguro que querrán más –eso me pasó a mí.

Odyssey se nos despide con dos temas instrumentales, aunque los dos son de características diferentes. El primero, Krakatau, es una canción donde se resalta el talento de los cuatro músicos que integran la sección de instrumentos y es interesante porque te permite escucharlos totalmente “sueltos”, como se dice coloquialmente. Hay un pasaje en el intermedio de la canción donde la cosa se calma y se agregan ciertos elementos acústicos; un detalle que me gustó mucho y que luego va in crescendo hasta un desenlace brutal. La segunda canción es Memories y hace las veces de epílogo con una guitarra acústica en una temática de música medieval que sirve para relajarnos tras todo el buen Metal que hemos catado y es que el díscolo sueco finiquitó los 80s, la década en donde se dio a conocer al mundo y donde cosechó más éxitos, en la cúspide de su capacidad creativa.

El álbum fue el más exitoso de la carrera de Yngwie Malmsteen y supo posicionarlo en lo más alto; hizo una extensa gira que fue encapsulada en el recomendado directo Trial By Fire: Live in Leningrad, donde pudimos ser testigos de una banda en un punto cumbre de sus trayectorias y desplegándose a sus anchas. Sí, la producción de este trabajo fue un caos, la relación Yngwie-Turner fue una fórmula para el desastre y el ego desmedido del sueco lo privó a posteriori de tres músicos que lo hubieran llevado aún más lejos de lo que llegó en su carrera; pero no por eso hay que menoscabar la importancia y el enorme nivel que despliega un álbum como Odyssey que, envuelto en tanta calidad por esos años –estamos hablando del ’88 y por esos años abundaba el talento-, tal vez un poco desapercibido. No, señores; Odyssey fue el resultado final de una unión que nunca iba a terminar bien y eso mismo fue necesario para crear dicho trabajo: esa tensión, es frustración y, por qué no, esa rabia sirvieron para confeccionar una obra maestra que, para bien o para mal, dejó su huella en el credo del género.

El tipo de Polydor que haya dicho “Hey, deberíamos juntar a Turner con Yngwie” debe ser un maldito genio.

viernes, 18 de marzo de 2016

Crítica: Rage – End of All Days



¿Nunca les ha pasado que se encuentran saturados por haber escuchado a los mismos grupos una y otra vez hasta que nada parece sacarlos de ese sentimiento de hastío en el que se han sumergido? ¿Que sienten que ya lo han escuchado todo y necesitan algo que, de la nada, los “despierte” de ese estado de aburrimiento? A mí me había pasado hace ya casi cuatro meses hasta que me topé con esta maravilla de los alemanes Rage –grupo trabajador y de nivel donde los haya-, el poco conocido End of All Days. Si ustedes son como yo y están buscando un álbum que de verdad se apodere de ustedes, los inmersa en un headbanging brutal y se vuelva su compañero durante mucho tiempo, no busquen más que este trabajo de los Peavy es un trabajo fenomenal y de los que ya no se hacen.

Rage son ese tipo de banda en la línea de Saxon, Overkill o Motörhead: agrupaciones que, sin alardes o polémicas, han sabido construir y cimentar carreras duraderas que han dejado una buena cantidad de álbumes de un alto nivel. Y los de Rage son un combo que nunca ha tenido el crédito merecido y que siempre ha abogado por progresar en sus carreras a través de buen Metal. Los germanos no la tuvieron fácil al haber sido coetáneos generacionales de entes como sus paisanos Power de Helloween, Blind Guardian, Grave Digger y Running Wild o sus hermanos más agresivos como Kreator, Sodom, Tankard y Destruction. A pesar de la poca recepción en un estrato internacional, el aplomo y la calidad de la agrupación de Peavy Wagner –vocalista, bajista, compositor, corazón, riñones y pulmones de la banda- no puede ser debatido y en pleno apogeo de las corrientes menos propensas al Metal de corte más clásico como fueron los 90s, éstos caballeros se sacaron de la manga este poderoso End of All Days tras una seguidilla magnífica de álbumes como The Missink Link, Trapped! y Black In Mind.

La alineación fue la misma que hizo el Black In Mind en 1.995 y podemos atestiguar que el grupo se hallaba en un estado de forma envidiable con los Efthimiadis en la guitarra y en la batería, además de Sven Fischer en las otras seis cuerdas. Lo que hace realmente brillante a este álbum –y a Rage, para esos efectos- es la habilidad nada desdeñable de abarcar diferentes estilos de canciones y diferentes experimentaciones sin jamás perder esa identidad y esencia de Metal de la vieja escuela que es tan característica en la banda. Se mueven por todos lados, pero sabemos de dónde vienen, por así decirlo. End of All Days tiene material para todos los gustos y supone un álbum un tanto olvidado en el gran espectro del Metal en una época donde se fraguaba una evolución masiva de múltiples vertientes en el género y muchos grupos, muchos tremendos grupos, no contaron con la difusión necesaria. Los de Rage entran en la categoría expuesta, pero que nadie se equivoque, ¿eh? Éste álbum puede mirar de tú a tú a muchos álbumes de las vacas sagradas y salir bastante bien parado.

El estilo de estos alemanes se ha convertido en una debilidad personal de un servidor con esa propuesta donde mixturan el lado más contundente del género con melodías que se quedan en tu cabeza y con un Peavy que se muestra flexible en las vocales, pero sin perder esa tonalidad tosca tan de él. Sin adentrarnos mucho en el álbum, el puñetazo en la cara que supone Under Control como corte de apertura es la prueba fidedigna de que aquí no estamos tratando con ningunos segundones o los típicos Helloween wannabes que tanto pululan por Europa; estamos tratando con unos músicos experimentados y que han aprendido a través del fallo y el error para hacer obras de este nivel. La canción es vertiginosa, poderosa, pesada y con melodías vocales que engancharán a los más escépticos con el grupo; en esencia, Rage encapsulado en cuatro minutos intensos y viscerales. El tándem de guitarras fue un valor agregado a un grupo que hasta Black In Mind operaba con un solo seis cuerdas y le otorgó al grupo (más) contundencia.

Un clásico de la era moderna del grupo en Higher Than The Sky: una de las composiciones más comerciales del álbum, pero que integra riffs bastante buenos y un coro pegajoso como pocos. Este grupo siempre ha tenido mucha influencia del Speed Metal e incluso un poco del Thrash, pero aquí se denotan poderosamente sus raíces de Power Metal germano. Menos velocista y con más énfasis en los riffs se muestra Deep in the Blackest Hole con un Peavy empleando la flexibilidad señalada en sus vocales y con el binomio de guitarristas ejecutando un set de melodías bastante bueno para erigir una canción gozadora como pocas. End of All Days tiene catorce canciones y tal vez eso pueda parecer pesado, pero la realidad es que escucharlo en un momento de tranquilidad se hace bastante sencillo y es un álbum de fácil escucha sin muchas florituras de sus autores –hacen canciones efectivas y de calidad sin alardes técnicos.

El tema título tal vez baja un poco el nivel a mi criterio; no sé, siempre la he visto un poco repetitiva, pero ése soy yo. De todas maneras, es una pieza rápida en la línea de Higher Than The Sky en su estructura de riffs pegajosos y un estribillo que se queda clavado en la cabeza de uno. Reconozco que Visions, por el otro lado, es una debilidad personal con su cambio constante de ritmos, un Peavy imperial y unas guitarras que parecen alternarse entre los riffs rompe cráneos y la elasticidad melódica de otros pasajes del álbum. Una canción más Power Metal y con un porte tal vez más alegre que las canciones previas, pero sin perder el punto de lo que es Rage. Como dije al comienzo de la entrada, la banda no está exenta de darse sus momentos de variedad y en Desesperation atestiguamos una cuasi-balada de los germanos, aún con su dosis sana de riffs afilados en algunas partes de la canción.

Voices From The Vault es más atmosférica que las canciones previas en su comienzo para posteriormente convertirse en un Heavy Metal clásico reminiscente a Accept –al menos para mí porque varios conocidos me han dicho que no lo ven el parecido a sus paisanos- que, a mis oídos, tal vez es la más débil hasta el momento del álbum. Me parece que nunca termina de despegar. El nivel sigue manteniéndose alto con Let The Night Begin, una pieza similar a la previa pero más gozadora, en mi opinión, aunque es tal vez durante el intermedio donde el trabajo flaquee un poco. Uno de los puntos altos es con los ritmos más de ultratumba de Fortress, donde podemos escucharlos dejando de lado la velocidad y la premura para enfocarse más en el feeling y en atrapar al oyente con los tremendos guitarristas que se gastan y un Peavy cargando el peso de la composición. Un tema que debe ser escuchado para contemplar a Rage fuera de su elemento y haciéndolo de muy buena manera.

¿Extrañaban la energía y la esencia Speed de estos muchachones? Pues Frozen Fire iguala la agresividad de Under Control y es una composición ávida de hacer headbanging en un concierto lleno de metaleros borrachos. Peavy muestra su lado más pendenciero y ruge como un león arrecho; por el otro lado, el baterista se faja con el doble bombo y las guitarras hacen un trabajo bastante típico yendo por la yugular, pero siendo efectivos en el proceso. Manteniéndose en la estela más pesada de su propuesta, Talking To The Dead hace una ínfima mezcolanza de la brutalidad de sus cortes más brutos con los más melódicos para tener como producto final una canción brillante y de las mejores del álbum.

Más y más tralla con estribillos memorables en la forma de la resoluta Face Behind The Mask, que es una canción similar en conceptos a Visions o el tema título. Una de las más hímnicas del End of All Days es Silent Victory con unas vocales bastante buenas de Peavy y unas guitarras que determinan el andar de la canción de manera brillante para desembocar en un coro que, a mi criterio, tal vez sea un poco predecible. Esta magnífica demostración de Metal en todo el sentido de la palabra termina con mucha clase; Fading Hours es una tenue balada de piano que evoluciona en un final épico y memorable que haces las veces de epílogo para nosotros tras habernos adentrado en el viaje de uno de los trabajos olvidados de los 90s y que debería ser revisitado por cualquiera que desee escuchar Metal de nivel.

End of All Days es un buen álbum. Muy bueno. Tal vez hasta es fantástico. Su fortaleza es que las composiciones son un seguro de vida; Rage y sus miembros varían en la propuesta, pero siempre conscientes de qué ofrecer y qué desean sus oyentes. Son una banda que, como dije previamente, no se distraen con florituras ni nada por el estilo; lo suyo es proveer a sus fans de un producto sólido y con contenido, cosa que es, sin ninguna duda, este trabajo que debería ser mucho más valorado. Como sus creadores. Pero bueh, más para nosotros, ¿no es así?

miércoles, 21 de octubre de 2015

Crítica: Blind Guardian – Tokyo Tales




Álbumes en vivo tal vez los haya mejores, más importante en la historia de nuestra música y con más parafernalia visual; pero pocos, muy pocos, pueden transmitir ese feeling que solo el Metal expresado a su máximo puede evocar. Sólo un puñado de directos en las interminables páginas de este género han sabido ser la epítome de una banda; ser la sublimación de su sonido y ser una captura auditiva del mejor momento de sus carreras para toda la eternidad. Un álbum en vivo no es solo una actuación en directo de una banda; es ese momento donde se plasma y se encapsula lo que un grupo fue en un momento muy especial de su existencia. Cuando los germanos Blind Guardian publicaron el magno y seminal Somewhere Far Beyond en 1.992, habían finalmente conquistado el mercado europeo y se convirtieron en uno de los grupos por excelencia de toda la escena –pero faltaba plasmar ese éxito con un directo. El primer álbum en vivo de estos guardianes amantes de la literatura de Tolkien no es solo un directo de categoría; es el punto más alto de Blind Guardian como grupo y la cúspide de sus carreras.





Somewhere Far Beyond finalmente los había posicionado en los primeros puestos de la cadena alimenticia metalera europea; luego de años y años trabajando como una banda de segunda división desplegando una mixtura de Heavy, Thrash, Power y Speed Metal con mucha temática épica y con las singulares vocales de Hansii Kürsch, el grupo oriundo de Harmburgo había logrado cimentarse como un ente musical consolidado y, más importante aún para sus cuentas bancarias, comercialmente viable. Los tres primeros trabajos fueron brillantes y este cuarto los mostró como un grupo en su plenitud; una agrupación que había conseguido esa madurez como músicos –tal como le había pasado a Maiden en Powerslave o a sus paisanos de Accept con Balls to the Walls. Podemos debatir calidad, pero lo que no se puede discernir es la importancia de Somewhere Far Beyond como el punto de quiebre, para bien o para mal, de la carrera de los bardos inmortales de Alemania –ése punto donde dejaron de ser plebeyos para ser reyes de las tierras fantasiosas. Así que tocaba grabar ese instante de gloria en la memoria colectiva de todos aquellos que pregonaban ser fans de la banda y, por supuesto, del Metal veloz y portentoso; Tokyo Tales nació destinado para ser un directo imperecedero y único en su haber. Si me apuran, creo que éste es el mejor concierto de una banda alemana desde el Tokyo Tapes de Scorpions, con el Staying a Life de Accept pisándoles los talones a los guardianes. La triada sacra de los conciertos germanos.



Este directo es uno de esos momentos que me marcaron y que cambiaron mi vida como metalero. Recuerdo el día que lo escuché por primera vez: estaba comenzando en la universidad hace unos años y aún tengo fresco el hecho de que por tres meses lo escuché non stop. No solo eran las canciones que estaban maravillosamente compuestas; era el despliegue de intensidad, poder y vida que emanaban de ellas; cómo los riffs eran atronadores como cualquier banda de Thrash; cómo las melodías que impregnaban a todas las canciones eran embriagadoras; y las estupendas vocales de un Hansi que, como cantante, es una debilidad de un servidor –su forma tan entrañable y personal de cantar es lo que más separa a Blind Guardian del resto de los grupos. A finales del ’92, Tokyo vivió uno de los capítulos más grandes del Heavy Metal alemán y cómo estos de Hamburgo se encumbraron en el mismísimo ecuador de sus carreras. Un directo memorable y ardiente como las llamaradas de un Balrog cuyo único defecto palpable es la portada. ¿En serio? ¿No pudieron haber hecho algo un poco más trabajado? Pareciera que estaban apurados y dijeron “Sí, sí, sí, Marcus, vamos con ésa y ya”. Pero bueno, lo compensaron con su trabajo.



Los nipones no sabían qué esperar, pero en Inquisition, la introducción que inicia todo el asunto, ya se les puede escuchar coreando el nombre de la banda y envueltos en una algarabía incontenible. Entonces desatan el caos con aquel misil de Speed Metal que es Banish From Sanctuary del gran Follow the Blind; un corte veloz, afilado y que evoca todas las idiosincrasias de la banda en sus comienzos. Hansi suena incluso mejor que en el estudio –entendible, ya había aprendido a cantar de manera más técnica-, André y Marcos se escuchan de puta madre en las seis cuerdas y Thomen, el elemento perdido en los últimos álbumes de la banda, se cuaja una actuación monumental en todo el trabajo. El tema como abreboca está perfecto; pero créanme que la cosa solo iba a mejorar de aquí en adelante.




Hansi no es el frontman más inspirado de todos, pero cumple. El maestro de ceremonias nos invita al primer tema del nuevo álbum, la épica y poderosa Journey Through The Dark. Una canción con mucho Speed, guitarras con carácter y estribillos matadores; una de las primeras canciones en realmente aunar lo épico de lo que vendría con lo Metal que habían hecho hasta ese momento. La banda se cuaja una actuación fenomenal en esta canción; cada vez que la escucho me invaden diferentes sensaciones de energía, pasión e incluso un leve tono de melancolía al pensar que actuaciones como ésta ya no sean habituales en el grupo. Una canción que estoy seguro que puede levantar a cualquiera de la pesadumbre y del negativismo; una de las mejores piezas del catálogo de los bardos. De monarcas del Speed/Power Metal épico a ser seguidores de la movida épica barata. De líderes a seguidores. Qué triste.



El vocalista motiva al público para entonar la melodía principal del primer guiño al Tales From The Twilight World, Traveler in Time. En honor a la verdad, siempre me pareció el tema más discreto de este directo pero eso no le quita lo bueno, ¿eh? Que aquí estos muchos estaban volando y te podrían vender un corte de Michael Bolton como si fuera una maldita pieza de Morbid Angel y tú te lo hubieras creído. El estribillo siempre me ha recordado a los Helloween más clásicos y aquí escuchamos por enésima vez por qué el binomio de Marcus y André es uno de los más infravalorados de la historia del Metal; dos guitarristas ultra competentes que siempre supieron hacer su trabajo sin muchos alardes. Bajamos un poco a la tralla (pero solo un poco, cálmense) con The Quest for Tanelorn –uno de los platos fuertes de la velada. Una canción memorable, con una estructura más épica y con la banda pisando derroteros un poco más Progresivos. El estribillo es una orgía enaltecedora de melodías que impregnan a todo tu ser con un sentimiento de solemnidad que te transporta a las historias fantasiosas que narran en todas sus canciones. Blind Guardian estaban comenzando a mutar en algo menos pesado, pero en Somewhere Far Beyond habían atisbado el balance perfecto entre lo metalero y lo grandilocuente; The Quest for Tanelorn es un ejemplo claro de esto. Malditos japoneses afortunados que pudieron vivir este concierto.



La intensa y magistral Goodbye My Friend muestra esa mixtura entre la melodía del Power Metal europeo y la contundencia del Thrash americano; una canción con partes de guitarra sorprendentes y en la que Hansi se despacha una actuación memorable –oído a ese estribillo fenomenal que se gastan en la pieza. Uno de los platos fuertes de la velada es Time What Is Time que es una demostración absoluta del Metal épico mejor facturado en Alemania; aquí se presenta la magia, intensidad y poderío que hacía este grupo en su apogeo (o sea en el momento del concierto). Ésta fue la primera canción que escuché del grupo y la que me adentró a su mundo musical; un punto sacro en mi vida como metalero al encontrarme con semejante temazo que emana tantas emociones en casi siete minutos de pura magia. Oído a ese mini solo de piano por parte de Marc Zee, quien hace las veces de tecladista invitado. Simplemente escuchen el tema y déjense llevar por la clase de Hansi, Marcus, André y Thomen.




Viajemos de regreso a los tiempos más primigenios y básicos del Battalions of Fear con el primer clásico de la banda, Majesty. Cuando la banda daba sus primeros coletazos como un ente netamente de Speed Metal y la vertiginosidad de los riffs de sus guitarristas eran su punto base; la primera gran demostración de Blind Guardian como un combo de armas tomar. Pero es que en esa noche salieron con ganas de matar y no iban a dar tregua; cuando apenas recobramos un poco de nuestras fuerzas, nos ataca con salvajismo una de las mejores composiciones del grupo y un clásico imperecedero del Metal germano, Valhalla. Como un desastre natural que avasalla todo aquello que se planta en su desdichado sendero, esta canción de los bardos hace trizas a todos aquellos que osan hacerle frente. Los riffs suenan agresivos, Hansi suena más intenso que nunca –y cuaja una muy buena interpretación de las partes de Kai Hansen en estudio- y el estribillo le concede un aura de clase a todo el asunto. Siempre se me erizan los pelos con ese último pasaje sosegado donde Hansi entona de manera más placida el estribillo –una tranquilidad enriquecedora después de tan cruenta tormenta. Dos puntos altamente recomendables del trabajo.



El concierto es una algarabía sin final, los nipones están entregados y el grupo, agradecido, recompensa el compromiso de sus fans con una actuación para la historia. Como si fuera poco, continúan asestando tralla tras tralla; esta vez con Welcome To Dying presentándose más fuerte, más dura y más rabiosa que en su versión del álbum del ’90. Y es que eran especiales en esos años; en esta canción te golpean, te machucan, pero nunca dejan de lado ese aspecto melodioso que le daba un toque singular a su música junto a las peculiares vocales de Hansi. Entre tanta estridencia, la balada basada en la magistral obra de Tolkien, Lord of the Rings, se muestra como un instante de paz. Una muy buena pieza que va progresando hasta su final histriónico, pero que en ningún momento busca pasarte por encima sino adentrarte con su atmosfera a los mundos del escritor inglés y cautivarte con los maravillosos arreglos cuasi sinfónicos de la banda –el comienzo de lo que sería una progresión musical inexorable hacia lo grandilocuente.




Lost in the Twilight Hall es una de las mejores canciones de los alemanes y aquí suena increíblemente poderosa –uno de esos cortes creados y conceptuados para ser tocado en vivo. Una exquisita pieza donde las palabras sobran; solo escuchen y deléitense ante esta memorable mixtura de Metal fantasioso, agresivo y habilidoso. Brillante. La verdadera locura para terminar el directo es con el cover de Barbara Ann de The Regents y entrelazarlo con partes de Long Tall Saly de Little Richard. Si me preguntan, ésta es la única parte no tan buena del concierto: la versión les sale muy divertida, pero para eso se hubieran lanzado un Somewhere Far Beyond, Run For The Night o un Tommyknockers. Aunque creo que eso es quisquilloso de mi parte cuando en estas dos noches –el concierto fue grabado en dos noches en Tokyo- lo dieron todo por la causa y se cuajaron una actuación para la eternidad.

 

En definitiva, Tokyo Tales es la culminación y el punto cumbre de la trayectoria de estos germanos distribuida en doce joyas pretéritas que durarán eternamente en esta tierra; es el legado de estos cuatro bardos para el mundo. Cada gran artista será recordado por sus fans por un momento en particular y yo los recordaré por estas canciones despachadas en Tokyo; sinceramente puedo decirles que he pasado semanas escuchando cada pieza una y otra vez en los últimos años. Tokyo Tales, tal vez de haber nacido en otra época hubiera sido un clásico del género, pero tal no es el caso. Es un directo que no tiene nada que envidiarle a los mejores de la escena y que demuestra una energía que no tiene comparación. Directos hay muchos y directos buenos también; directos que te cambien y signifiquen un antes y un después en tu existencia… no tantos. Tokyo Tales es un momento especial que retumba con ecos de eternidad y que todo metalero debe escuchar.