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viernes, 8 de enero de 2016

Crítica: Motörhead - Orgasmatron



No puedo decirlo de otra forma debido a mi sensación de sorpresa y frustración: qué mierda puede llegar a ser el mundo en que vivimos. Lemmy ha muerto. Y con esto podemos decir muchas cosas acerca del eterno líder de Motörhead y les aseguro que las iremos mencionando en la crítica, pero la más importante es que una parte vital, señorial e imperial del Rock/Metal ha muerto. Es que aún no caigo en el hecho de que el hombre haya desaparecido; pero aquí, en mi rol de escritor de esta música que tanto amo, he de hacer un tributo a la altura de semejante personaje en una reseña de mi álbum favorito de su carrera, Orgasmatron.

Ha muerto Lemmy Kilmister y, como se podía esperar, todo el mundo parecía tener tatuado el logo de la banda en la nalga derecha, guiándome por lo que he leído por el internet. La naturaleza de la sociedad en la que vivimos es vulgarizar la muerte y convertirla en una forma en que las personas traten de vanagloriarse del deceso del mismo como si hubieran sido aficionados del músico de toda la vida; es algo bastante común, pero en el caso de un personaje tan singular y amado por el género como Lemmy, molesta mucho más. Está bien homenajear a una leyenda de esta envergadura porque los mayores reconocimientos y acólitos deben estar a la orden del día para un crack absoluto como Lemmy, pero debe hacerse desde la sinceridad del que homenajea. Yo nunca diré que soy un fan absoluto de Motörhead, que me sé todas sus canciones y que si me colocas un pasaje instrumental de cualquiera de ellas, te la identifico en tres segundos. No, no lo soy y, francamente, probablemente nunca lo seré. Pero sí disfruto con la banda y habría que ser obtuso (o por descarte, un imbécil) para menoscabar y/o ningunear la importancia avasalladora de Lemmy en el mundo de la música: un hombre que hizo lo que quiso, vivió como quiso y logró lo que quiso. En pocas palabras, Lemmy debería tomar una frase del protagonista de la película Airheads, donde por cierto hace un breve cameo, que es, por decreto, absolutamente suya: “Yo soy el Rock & Roll”. Amén.

La vida de Lemmy fue la vida de Motörhead y cada encrucijada que vivió con la banda la superó con estilo, señorío, cojones y, más importante aún, música. En el ’86, rodeado de niñatos que habían aprendido de él y que ahora pensaban que podían destronarlo como el amo de todo lo sucio y extremo en el Metal, se patentó un trabajo ominoso, monolítico y legendario. Orgasmatron es, a mis ojos, el punto más alto de Lemmy como músico y la representación absoluta de lo que fue este hombre. Aquí, para ustedes y la memoria de Lemmy, mi crítica del magno trabajo del hombre del creador de Snaggletooth.


Los tiempos, a mediados de los 80s, habían cambiado para Lemmy Kilmister y sus inoxidables Motörhead. Luego de la publicación de su injustamente denostado Another Perfect Day –un álbum fresco, melódico y que los mostraba en una faceta algo diferente con Brian Robertson, de fama Thin Lizzy, en las guitarras- en el ’83, la agrupación inglesa se tomó un pequeño periodo de descanso para replantearse qué querían hacer y cómo lo iban a hacer; pero esto resultó en un éxodo masivo de los compañeros de Lemmy, dejando a éste totalmente solo para la producción de su siguiente trabajo en un mundo musical que había transmutado mucho desde la formación de la banda a mediados de los 70s. El oriundo de Burslem supo hacer frente a un escenario tan funesto como éste –cualquiera que haya estado en una banda sabe lo difícil que es continuar cuando todos tus compañeros desertan- y facturar un trabajo compacto y soberano como el Orgasmatron en 1986.

Hablar de Motörhead es hablar de una de las agrupaciones más importantes en la música Rock/Metal por el hecho de que casi cualquier banda que haya salido luego que la de Lemmy ha sido influencia por ésta y su propuesta, que en la superficie parece no haber cambiado pero sí lo ha hecho de formas sutiles e importantes, ha sido clave para cambiar el panorama metalero para siempre. El Metal en su vertiente más extrema le debe mucho al sonido corrosivo, cruento y opresor de éstos motociclistas en ácido y su impronta derivó, a corto plazo, en el nacimiento del Thrash Metal en cuanto a conceptos de velocidad y suciedad sonora se refiere. Así que como dije en el primer párrafo, los tiempos habían cambiado para Lemmy y sus huestes porque, a mediados de los 80s, grupos como Venom, Slayer, Metallica, Voivod, Celtic Frost, Kreator o Bathory estaban a la orden del día y representaban una modernización, si lo prefieren, del sonido que ayudó a acuñar y a establecer el oriundo de Inglaterra, por lo que la separación de los músicos que constituyeron el Another Perfect Day no pudo haberse dado en un mejor momento porque supuso una oportunidad como ninguna otra para que Motörhead “reviviera” –un eufemismo un tanto errado porque el trabajo del ’83 ostenta una calidad importante- con una nueva alineación y un sonido más refrescado, si lo quieren poner de esa forma.

Así que afuera Philty Animal Taylor en la batería y Brian Robertson en la guitarra para dar paso a Pete Gill, anteriormente de Saxon, en las baquetas y Phil Campbell (quien permaneció en la banda hasta su inevitable final) y Michael Burston, mejor conocido como Würzel, en las seis cuerdas. Luego de trabajar un par de canciones en el fantástico y ahora legendario compilatorio de No Remorse –donde crearon ese himnazo de la banda llamado Killed By Death- en el ’84, la nueva encarnación de Motörhead se alzó de su trono como un rey enfurecido que saldría a conquistar nuevos reinos. Había pasado mucho tiempo y su mascota, la genial Snaggletooth, tenía hambre de almas bastardas que manchan este mundo desde tiempos inmemorables –sólo hay que ver cómo está en la magna portada del álbum para saber que estamos ante algo grande.


El año ’86 fue un año para los grandes y los eternos, así que Lemmy y sus muchachos no iban a ser menos ante la muchedumbre que llamaban competencia; era tiempo de Motörhead y tiempo de rockear como solo lo sabían hacer estas leyendas. Escuchen cómo Snaggletooth se nos aproxima como un tren bala asesino de puro Metal. ¿Lo vas a tomar o vas a morir en el intento? Con estos tipos, no hay término medio, nene.

Siempre fueron de dejar en claro sus intenciones y el riffeo Heavy de Deaf Forever no sumergen en el mundo musical de suciedad, barbarie y carisma de los Motörhead en lo que es, para mí, el mejor momento de sus carreras. Los riffs de Campbell y Würzel son fenomenales y Lemmy se muestra ganchero en su voz como pocas veces y entona esas letras de guerra, batalla y caos con una calidad inusitada. Lemmy nunca fue un dotado como vocalista, pero sabía hacer a un tema suyo y se erigía como una voz que podías distinguir hasta en una cueva en Afganistán envuelto por el sonido de la balacera. El estribillo es la joya de la corona de un tema que de por sí es bestial: directo, majestuoso y una forma de hacernos saber de que han vuelto por todo lo alto. “Nadie sabe, amigo o enemigo, si el Valhala yace más allá de la tumba”.

Recordando a los tiempos del Ace of Spades, pero dotados de una producción más portentosa y una composición más embrutecida, Nothing Up My Sleeve es, junto a la primera y un par más de este trabajo, de mis canciones favoritas del grupo con esa velocidad atronadora característica de la banda y un bajo de Lemmy que suena devastador en consonancia con un trabajo finísimo y rebosante de calidad del binomio Campbell/Würzel. Hablando de desamor con esa pizca de picardía, actitud y cojones de los ingleses, Aint’ My Crime se muestra con la misma intensidad del tema previo, pero con mucha participación de Gill en las baquetas con unos ritmos avasalladores y un Lemmy soberano en el micrófono. Me gustan mucho esas partes de guitarra al final de la canción y cómo parece despedirse del oyente a su manera tan de la banda.


Claw es más brutalidad y un testimonio a la potencia sonora de unos británicos moteros que se hallaban en pleno estado de gracia; si antes sonaban agresivos, ahora suenan como si les hubiera inyectado un ataque de rabia –solamente escuchen los alaridos de Lemmy en la canción para que entiendan y disfruten la intensidad con la que operaban en esta obra. La grandeza y lo brillante de este álbum –y lo que lo diferencia de lo que había hecho el grupo hasta el momento- es lo poderosamente directo que es; aquí no se dejan nada resguardado y dan el todo por el todo. ¿No me creen? Mean Machine es un trallazo de antología y que muestra que estaban poseídos por alguna criatura infernal que los obligaba a tocar este Speed Metal de clase mundial.



¿Qué más nos ofertan nuestros muchachos en el resto del álbum? Pues tralla, tralla y más tralla, señores. Como si de una hecatombe se tratara, Ridin’ With The Driver –la canción que me presentó el trabajo y que, curiosamente, iba a ser el título original del álbum- es una devastación hecha por guitarras, bajo, batería y vocales. Una de las canciones más rápidas de su repertorio con un Gill endemoniado y, una vez más, una labor soberana de Campbell y Würzel en las guitarras. Ninguna canción me parece mala o descartable en este trabajo, pero he de decir que Doctor Rock me parece la menos buena de todo el álbum y aún así ostenta un muy buen riff y una gran actuación de la banda, en general.


Y llegamos al momento cumbre, dentro de lo que cabe. Si la grandeza de Motörhead ya estaba fuera de discusión, el tema título, la sempiterna Orgasmatron, se planta como una figura seminal del género con su estructura hímnica y sus letras de caos, mentiras, guerra y mitología envueltas en una prosa tan certera y efectiva de Lemmy que, aunque no es tan reconocido en ese aspecto, lo hacía tan buen letrista. El riff es ya legendario y los ritmos de la canción son atronadores al igual que gancheros. Es un clásico de la banda y del género que sonó, suena y seguirá sonando hasta los fines del espacio y el tiempo como la prueba fidedigna de una agrupación que apareció, influyó a miles e hizo lo que deseaba sin necesidad de polémicas o sin ser tan ostentosos –Orgasmatron, canción y álbum, es la representación máxima de lo que es el grupo y sus idiosincrasias, a mi criterio.

Con la publicación de este álbum, los de Lemmy volvieron al mapa mediático del Metal, pero no se trataba tanto de sobresalir o de hacer un álbum de retorno para llamar la atención, sino para permanecer y seguir a lo suyo. De todo lo que fue (y es) Lemmy y todo lo que fue su carrera, un servidor se queda con su música y con eso: esa sensación de que nunca estuvo sujeto a ningún sistema o a ese deseo que parecemos tener todos de grandeza, cuando todo lo que este hombre en realidad quería era componer una buena canción, beber y acostarse con la mujer que deseara. Nunca polemizó mucho en el tema de las modas musicales y nunca ninguneó a un compañero o estilo de Rock/Metal nuevo que saliera para llamar la atención; tenía mucho estilo para eso y dejaba que su música hablara por él. Murió y dejó una carrera musical que es una representación absoluta de lo que fue: la idiosincrasia del rockero clásico a su máxima expresión.

Como dije al principio, no voy a fingir que soy el mayor fan de Motörhead o que vivía todos los días escuchando sus trabajos; pero lo importante es rendir tributo a una figura que dio mucho por el género y que realmente vivió todo lo que nosotros hubiéramos deseado vivir. Como Lemmy no habrá otro; se ha vuelto parte de la extensa mitología del Rock como uno de sus más ilustres bastiones. Ahora marchará al templo en el más allá de los músicos, con su bajo en la mano izquierda y su Jack Daniels en la derecha, y se acercará a Dio, Dimebag y su antiguo compañero, Philty Animal Taylor, para decirles con su voz destrozada tan de él “entonces, ¿me reservaron un puesto?”. Qué jam deben estar teniendo en estos momentos, señores.

Gracias por todo, maestro. Eres y siempre serás el puto Rock & Roll.


Rust In Peace, Lemmy.
1945 – 2015
“For I am Mars, the God of war, and I will cut you down.”

lunes, 26 de octubre de 2015

Crítica: Paul Di'Anno's Battlezone – Fighting Back



Había una vez, en una tierra lejana –unas islas, para ser preciso-, un príncipe rebelde. Éste príncipe no era de sangre azul o curtido en la alta sociedad; era un príncipe que hizo gala de su carisma y de su garra para codearse con la crema innata de su reino. En su camino, se topó con una doncella; una doncella como ninguna que él (o nadie) hubiera conocido. Él, intrigado por la singularidad de esta doncella, se atrevió a ir detrás de ella –siendo nuestro protagonista un pordiosero que se había convertido, a base de personalidad y talento natural, en un miembro de la realeza. La doncella y el príncipe rebelde encontraron entre ellos un idilio que parecía destinado a la eternidad y a una gloria inusitada en la historia del reino; pero nuestro protagonista no pudo con los demonios que lo descocían desde su interior y pronto, sin darse cuenta, su doncella, aquella con la que iba a conquistar más reinos en el horizonte, se fue con otro forastero. Mientras el príncipe rebelde se ahogaba en sus demonios, la doncella había encontrado al hombre con el que se volvería una reina absoluta –su complemento perfecto con el cual se sentiría entera. Aquí, nuestro relato se bifurca en dos senderos pero la mayoría se queda con el camino de la doncella y el príncipe idílico. ¿Qué pasó con aquel príncipe forajido perdido en sus tinieblas? Pues él siguió por el camino de la perdición y trató de recuperar su trono por su cuenta. No habría doncella porque ya no la necesitaba; se iba a entronar por su cuenta. Y así, sin hacer mucho alarde e inequívocamente olvidado por el mundo, el príncipe rebelde iba a responder a la pelea. Por si no lo captaron, estoy hablando de Paul Di’Anno, el primer vocalista de la historia de Iron Maiden.



Pobre Paul: simplemente no dio pie con bola luego de su más que celebérrimo éxodo de la banda de Steve Harris. Di’Anno, con su actitud y sus vocales tan crudas, fue una parte vital de la primera encarnación del grupo más grande de la historia del Metal; álbumes como el homónimo y el Killers son los cimientos con los cuales se comenzó el legado de la Doncella –y Paul tuvo mucho que ver en ello. Era un vocalista atrevido, salvaje, ineducado y déspota; era la yuxtaposición idónea de la música tan perfectamente balanceada entre melodía e intensidad de Harris. Era caos aunado a perfección sonora. Pero así como era un frontman descomunal y un vocalista que no sonaba como ningún otro, era igual de inestable por sus adicciones y eso terminó por costarle su puesto en Iron Maiden. Y luego llegaría Dickinson para tomar el testigo y erigirse como la voz suprema del mejor combo musical que ha producido nuestra música en cinco álbumes irrepetibles; todo a expensas de un Di’Anno que se lanzó a las profundidades del abismo, de la bebida y de las drogas luego de su expulsión de ese Jardín del Edén musical. Afortunado como pocos de tener ese puesto, lo dilapidó.




El gran espectro del mundo metalero sepultó a Paul en los anales de la historia luego de sus dos álbumes con Maiden y es fácil entender por qué: el tipo nunca montó un grupo consistente ni colaboró con ninguno que produjera algo que derivara en algún tipo de éxito, sea netamente comercial o artístico. Eso no quiere decir que no lo intentó y el malogrado vocalista se montó diferentes proyectos de estilos muy variables, siendo el que nos toca hoy, Battlezone, el más destacable. Este proyecto fue establecido luego de que el primer grupo luego de su salida de Maiden, Di’Anno, se separara tras un mero trabajo que dejó sensaciones agridulces por su sonido más Pop y amigable para las masas. Paul Di’Anno se trata de Metal intenso y crudo con su más que constatada influencia Punk; no se trata de ser user-friendly para los oyentes. Pues, éste nuevo grupo nació para satisfacer a aquellos oyentes que lo querían escuchar en su faceta más metalera y desatada. Así que en 1.986 unió fuerzas con John Wiggins (Tokyo Blade) y John Hurley en las guitarras, Sid Falck (Overkill) en la batería y Pete West (Jackal) en el bajo para crear el primer trabajo de su nuevo proyecto, Fighting Back.



Desde el principio, la batalla de Paul para hacer olvidar su pasado con la Doncella era cuesta arriba, pero igual eso no importaba; al sujeto le encanta dar guerra. Battlezone es la respueta de Di’Anno a Harris; su forma de decirle al bajista “hey, yo no los necesito a ustedes y voy a triunfar a mi modo”. Este primer opus de este más que interesante proyecto es un sonido netamente metalero clásico con uno que otro tinte de Thrash y Speed, estilos que a nuestro protagonista siempre les atrajo. Aquí escucharemos un par de guiños a la Doncella, pero con la impronta de un Paul que se rodeó de buenos instrumentistas y soltó su infierno sonoro tan característico. Tiempo de darle play al álbum y tiempo de pelear. Que Paul tiene su batalla personal.




La que da el puntapié inicial al álbum es Welcome to the Battlezone donde imperan riffs muy en la onda de lo que hacían Accept y Judas Priest durante años y con un Paul que sigue sonando con tanta mala y agresividad como en sus años con Maiden, pero dejando esos momentos más melódicos en su voz. El estribillo es trepidante y con un patrón en la batería más reminiscente a los grupos de Thrash –recuerden que ya estamos en 1.986 y ahí ese estilo ya estaba bien asentado. Paul no se ha amilanado un poco, hombre. Running Blind empieza con un talante de balada apaciguada donde los guitarristas crean una atmosfera muy atrapante mientras que Di’Anno aprovecha esto para demostrar que cortes como Remember Tomorrow, Strange World o Prodigal Son no eran coincidencia sino una constante en su voz. Luego de ese minuto tranquilo, la canción se transforma en una apisonadora sónica con unos ritmos matadores y un Di’Anno que se nota cómodo en estas tesituras tan intensas, rayando en Thrash Metal. Como dato curioso, éste era el tema con el que abrían los conciertos con ese inicio relajado y luego la aceleración.



Mucho Heavy clásico de la NWOBHM es expresado en Welfare Warriors con los riffs de Wiggins y Hurley –el tema que más hace resonar el pasado de Paul. Una canción con una melodía y estructura muy marcadas por las guitarras. Too Much To Heart –que alguien me explique la traducción de ese título que no lo entiendo muy bien- apesta a Hard ‘n’ Heavy de los 80s con ese estilo hímnico y ese patrón en las baterías de un Falck que ya comenzaba a cimentarse como un baterista de armas tomar; estamos ante una canción que también ostenta una cierta solemnidad en las guitarras y donde Paul cuaja una gran actuación vocal. Éstos eran los tiempos donde Di’Anno era el amo y encarnaba el “truismo” que pregonaban los Manowar; no solo atrapaba al oyente por sus dotes de vocalista, sino por la actitud y la forma en la que te vende el asunto. Battlezone no reinventa nada que no se haya escuchado por esos años, pero lo hace con estilo. Un corte como Warchild, con todo y su velocidad atronadora, se escucharía un tanto mundano si no fuera el nacido en Londres el que cantara. Iron Maiden y Killers siempre estarán en la cima de su carrera, pero aquí hay mucha genialidad y hay que saber entender que aunque jamás igualó a la Doncella –ni siquiera cerca-, sí supo ofrecer material de calidad, al igual que reverendas porquerías. Como cualquier músico.




(Forever) Fighting Back es locura acelerada de la NWOBHM con un muy buen doble bombo y riffs de guitarra amalgamados al Speed Metal que se fraguaba por esos años con un Paul que parece sentirse como un pez en el agua en este contexto. Uno de los cortes más Heavies y con una aura 100% Priest es Feel the Rock y sus ritmos a medio tiempo, partes de guitarra trabajadas y un Paul que no para de derrochar talento. Altamente comercial (pero aún así me encanta, lo reconozco) es Voice of the Radio, donde la banda se despacha una muy buena actuación –no son nada del otro mundo, pero son competentes y cumplen su cometido- y nuestro protagonista sigue haciendo de las suyas. El estribillo es extremadamente pegajoso y les aseguro que se les va a quedar en la cabeza al finalizar la canción; si no es así, me como mi propio pie… ok, no, pero ustedes me entienden. Como preludio al plato fuerte del álbum, la power ballad del álbum es In The Darkness con un Di’Anno magistral en las vocales y la banda en plan Saxon/Accept/Priest con una instrumentación totalmente deudora a esos grupos. Una pieza entretenida, directa y que sirve para dejarnos preparados para lo que viene.



The Land God Gave to Cain es una de las mejores canciones que Paul Di’Anno ha fabricado en toda su maldita carrera; una demostración de casi ocho minutos donde nos hace saber que, en su día, podía competir contra cualquiera en su ámbito. Los riffs de la canción son de lo mejorcito del trabajo, Paul está en su plenitud vocal y la canción es un carrusel de pasajes que rozan en lo épico sin sonar amilanados o delicados –toda la pieza está impregnada con la crudeza y la suciedad musical de Di’Anno. Hay un breve pasaje en el ecuador de la canción donde se entrelazan guitarras semi-acústicas con el vocalista entonando en un tono bastante solemne para luego retornar, de manera progresiva y brillante, a la dureza sonora que hemos experimentado hasta el momento. Una canción que termina imperiosa, apasionada y con una técnica, una majestuosidad, que pocas veces se le ha atestiguado a Paul y que creo que nunca más escucharemos en su carrera al ser hoy en día un despojo de lo que una vez fue. Una de esas canciones que deben ser escuchas como un metalero de calidad. Una forma excepcional para terminar un álbum totalmente gozador y que es de ésos debuts que muestran a una banda con las ideas clarísimas.




En mi no tan humilde opinión, Battlezone fue el proyecto donde más sobresalió Paul Di’Anno luego de su éxodo de Maiden; creo que aquí se rodeó de músicos que comprendían sus inquietudes musicales y se enfocaron en hacerlo brillar. Fighting Back es uno de esos trabajos donde ha resaltado como pocas veces la voz de Paul y te hace entender que él está ahí entre los grandes a base de carisma, talento y actitud. Por supuesto, y como le pasó en Iron Maiden, los malos roces con sus compañeros, la ley y sus adicciones terminaron por destrozar a una agrupación que pudo haber sido, a la larga, su regreso a la tarima principal del Heavy Metal. Paul Di’Anno es un personaje condenado a la animosidad y esclavo a sus demonios internos; un triste Icarus que trató de volar tan alto que acabó por perderlo todo en aras de una vida que lo despojó de una gloria que merecía. Tantos arrestos, problemas legales, vicios, maltratos a su voz y rupturas de agrupaciones han mancillado el legado de uno de esos caudales de talento que pudo haber tenido una carrera brillante y que solamente podrá pensar en que dilapidó una oportunidad por la que todos hubiéramos matado.



Había una vez un príncipe, desterrado, desgraciado y sin doncella, que siguió vagando por tierras distantes. Aún busca reinos que conquistar, guerreros que vencer y pueblos que hurtar. Pero ya su cuerpo ya no es lo que era y su alma, tan agotada y menguada por las adversidades, no puede empujarlo como antes. Rechazó las promesas del cielo que le ofreció la doncella por la lujuria de un destino nublado en la tierra de los mortales. Un príncipe que pudo haber sido rey de miles de reinos ahora no es más que un plebeyo con un pasado glorioso. Un plebeyo que sigue luchando contra la corriente.

domingo, 18 de octubre de 2015

Crítica: Flotsam and Jetsam – Doomsday for the Deceiver



En la década de los 80s hubo una proliferación de bandas de un nivel ridículamente alto en nuestra música que hacían muy fácil la misión de perderse buscando grupos de calidad porque habían demasiadas opciones válidas desde las más obvias hasta lo más recóndito del underground. Y es bastante fácil entender por qué surgían tantas pero tantas agrupaciones cuando la comercialización del género –en términos de publicidad- estaba en su nivel más alto; el Metal estaba de moda por todo el mundo y era un estilo musical que podía ser vendido a las masas, si se sabía cómo manejarlos. Tenían a la MTV pasando videos de los grupos a todas horas del día, la radio no paraba de tocar temas de los grupos y las bandas, naturalmente, cosechaban las dulces mieles del éxito traducidas en billetes. Para quienes triunfaban en esa década, el cielo era el límite y no había parangón alguno; estaban en la cúspide de lo que podía ser la carrera de un músico –estoy seguro que cada uno de nosotros piensa en algún grupo en particular. Pero los que llevamos un tiempo en esto sabemos que el pastel no era lo suficientemente grande para ser dividido entre todos –algunos nacen para ser reyes y otros para ser plebeyos, como dicen algunas personas. Eso sí: hay plebeyos que pueden doblegar a ciertos reyes en su propio juego o al menos así lo lograron en un cierto momento de sus vidas. Hay grupos que nacieron de la escena del Metal, particularmente la del Thrash, que podían mirar de tú a tú a mucho grupo sacro que se erigió durante esa década sin siquiera pestañar. Ahora, no voy a ejercer el rol de demagogo y venderles algo como si fuera el Santo Grial del género; pero sí les puedo garantizar que lo que tenemos entre manos es uno de esos puntos altos, altísimos, del estilo. Hablamos de Metal, hablamos de Arizona, y hablamos de 1.986. Sólo podemos estar hablando de algo: el mismísimo Doomsday for the Deceiver de los memorables Flotsam and Jetsam.




Siendo uno de los secretos mejor guardados del Thrash Metal, estos muchachos fundaron la banda en 1.981 y pasaron por varios cambios de nombres hasta decantarse por el que son popularmente conocidos –un término náutico, para los interesados en saber su significado. Como meros adolescentes que aún transitaban por los pasillos de la secundaria estadounidense, pasaron por algunos cambios de alineaciones hasta consolidar la que publicó este opus de la música pesada. Los cimientos de esta banda se erigieron gracias a una gran camaradería que nació del amor que sus músicos pregonaban por grupos como Iron Maiden, Motörhead, Tank, Judas Priest y muchos otros grupos; no eran de una ciudad que apoyara mucho la música que hacían y el único apoyo genuino que tenían era el de uno a otros. Así surgieron las composiciones de este intricado, fenomenal y contundente Doomsday for the Deceiver: un trabajo de Thrash Metal que puede llegar a servir como una suerte de eslabón perdido entre los pasos primigenios del subgénero a comienzos de la década y el más concluyente que presentaron Slayer, Kreator o Dark Angel en este mismo 1.986. Poquito a poco, sin que nadie se diera cuenta por esos años, Arizona estaba creando a su propia bestia; esa misma que pueden atisbar en la portada que nos agracia hoy, aplastando al Diablo al más puro estilo The Number of the Beast.



Y mientras el grupo iba desarrollándose como una entidad, iban componiendo las piezas que acabarían en este magno primer álbum; y casi todas las canciones estarían hechas por el bajista, Jason Newsted. Sí, probablemente si alguna vez han escuchado el nombre de esta banda es porque el una vez bajista de Metallica fue miembro de estos chicos de Arizona antes de unirse al combo de James y Lars. Realmente, aquí es donde se puede llegar a tener una mayor valoración de lo que era el “Newkid” como músico puesto que con los Jinetes lo regalaron al rol de un actor de reparto –y aún así lo hacía de puta madre en los conciertos y en su trato para con los fans. Doomsday for the Deceiver es el álbum de Jason Newsted; el momento donde se carga el equipo al hombro y se permite brillar a sí mismo como un músico de Metal en toda la extensión de la palabra. Sin ánimos de ofender a sus proyectos posteriores; pero un servidor piensa que aquí es cuando Jason se explaya a sus anchas en las letras, en las composiciones e incluso se permite algunos momentos para brillar con su bajo. Es importante destacar esto porque la aparición de Newsted en este álbum es (injustamente) el único resquicio de repercusión que tuvo la banda en su carrera; pero eso no significa que no fueran mucho más que eso. Y hoy muchos de mis lectores lo van a descubrir.




La banda eventualmente se trasladó a California donde tendrían mayor oportunidad para promoverse y también tocar como teloneros para grupos como Megadeth, Mercyful Fate, Riot –banda de la que el propio Newsted es muy fan- o Armored Saint. Su demo Metal Shock pudo ser producido gracias a una guerra de bandas que organizó Gloria, la futura esposa de Max Cavalera y manager de bandas, que ellos ganaron y que les permitió tener el tiempo en el estudio para elaborar la misma. Cuando hicieron la demo, grabaron un video de una calidad bastante pobre (y bastante hilarante) de la canción Hammerhead en el apartamento de Jason y Edward Carlson, uno de los guitarristas. Aprovecharon las oportunidades para promoverse en los compilatorios Speed Metal Hell II y Metal Massacre VII –éste último les conseguiría un contrato con Metal Blade Records y al afamado Brian Slagel como productor. Con un presupuesto ínfimo de 5.000$ y grabado en su entereza (producción, mezcla y toques finales) en tan solo cinco días, la ópera prima de los de Phoenix es un ejercicio soberano de un Heavy/Speed Metal que mezcla diferentes elementos como vocales muy deudoras del Heavy Metal clásico, guitarras que no solo son afiladas, pero también pueden conjurar momentos melódicos a lo Mercyful Fate; y mucha agresividad extraída de los grupos de Thrash Metal que ya eran nombres asentados en ese año. Cabe recalcar que en muchas fotos de la banda de ese periodo, varios de los miembros utilizan camisas de Metallica y es que los Jinetes son una gran influencia en el sonido de Flotsam and Jetsam –al menos en este debut.




Cuando pensamos en los clásicos ochenteros del Thrash Metal, ¿en qué álbumes pensamos? La lista suele ir más o menos así, sin hacer mucho esfuerzo: Master of Puppets de Metallica, Peace Sells… de Megadeth, Pleasure To Kill de Kreator, Reign in Blood de Slayer, Darkness Descends de Dark Angel, Spreading the Disease de Anthrax… y nos quedamos muy cortos porque solo estoy nombrando un álbum por banda. ¿Por qué no es Doomsday for the Deceiver un álbum clásico del estilo? Es una pregunta tramposa porque la realidad es que lo es; pero nunca tuvo el reconocimiento merecido. Flotsam and Jetsam entra en esa categoría de grandes agrupaciones de abundante calidad y entrega que no cuenta con ciertos rasgos distintivos en imagen y sonido que los separara del resto. Eran un grupo que era muy melódico para el oyente más extremo y muy extremo para las sensibilidades del metalero más melodioso; sus canciones podían pecar de ser muy largas y no podían terminar de consolidarse en un mercado para promover su trabajo. Nunca hallaron cabida en el mercado ya mencionado y con el pasar de las entregas, nunca pudieron capitalizar todo el interés que la media especializada había desplegado en este primer álbum; se quedaron estancados, indiferentemente de la calidad de sus obras posteriores.



Flotsam and Jetsam son forajidos olvidados en la vastedad del tiempo. Como muchos, se entregaron en cuerpo y alma, pero no fue suficiente para alcanzar la gloria deseada. Muy bien, es tiempo de dejar eso de lado y concentrarnos en lo que a todos nos importa: la música. No se comieron nada del pastel, pero igual aquí están, hombre. Y viene por ti. Es el día del juicio para los infieles. Es el día de Flotsam and Jetsam.



La primera en atacar como piraña enloquecida es Hammerdead, donde la banda ya comienza a hacer gala de las fortalezas y recursos que encumbraron a este trabajo (musicalmente) en los primeros escalones de la cadena alimenticia. Michael Gilbert y Edward Carlson son dos guitarristas bestiales: sus riffs, melodías y solos en las seis cuerdas permiten a hacer a este grupo uno musicalmente flexible puesto que pueden variar de estilos sin problemas. Hammerhead es uno de los temas más conocidos de la agrupación y es un corte directo, afilado y que es un Thrash/Speed Metal bastante gozador con ciertos toques del Heavy Metal más ochentero. Kelly David Smith es el baterista fundador de la banda y es también un excelso baterista; cuando era más joven traté de aprender a tocar la batería y me di cuenta de lo dificultoso que es para los bateristas de Thrash tocar en tempos tan acelerados –ahora imagínense hacer eso con los cambios de ritmos que tiene Flotsam and Jetsam. Mis respetos para David Smith por ello, y a la banda por habernos servido un temazo con todas las de la ley. Una forma brillante de dar el puntapié inicial a esta joya.




El vocalista, Eric A.K., se convirtió con el pasar de los años en uno de los bastiones de la banda y en uno de los rasgos más característicos en su sonido. A pesar de que su voz dista mucho de lo que fue aquí, Eric era, en sus años mozos, uno de los mejores vocalistas en el negocio por aunar un estilo vocal más de la NWOBHM con el Thrash –y eso lo denotamos con la pieza Iron Tears. Esta canción mantiene el ritmo acojonante de la primera y da más espacio al mencionado vocalista para que le dé rienda suelta a toda su capacidad pulmonar para entonar; es una pieza maravillosa de escuchar y que cuenta también con un gran trabajo en las guitarras de Gilbert y Carlson. El bajo de Newsted impera por sobre toda la mezcla y se escucha con bastante claridad; las antípodas de lo sucedido en el …And Justice For All.



La maligna Desecrator es un ejercicio de los guitarristas por hacernos trizas a una velocidad trepidante y un dramatismo notable por parte de Eric en el micrófono; es una canción que emana un aire un poco más oscuro y que tal vez les suene a una versión “light” del Show No Mercy de Slayer. La primera sorpresa del álbum es la pieza un tanto Punk de Fade To Black –sí, como el tema de unos ciertos Horsemen-, que apenas alcanza los dos minutos, pero suelta tralla y tralla a más no poder. Una composición con gancho y que denota la influencia del Punk en el sonido que se fraguaba en el Thrash.



Uno de los aspectos que hace tan especial y brillante a este álbum es la inclusión de piezas largas, complejas y épicas a la cuestión; es algo que casi ninguna banda de este estilo hace por la naturaleza tan directa del mismo. El tema título inicia con un pasaje semi-acústico entre los dos guitarristas con muchas buenas melodías hasta desembocar La canción va progresando y es una pasada donde todos los miembros destacan; realmente es una pieza magistral donde me cuesta aceptar que esto sólo era el primer álbum de estos músicos. Una canción que emana el talante apocalíptico de las letras de Jason y que trae un poco de las épicas a lo Rime of the Ancient Mariner al mundo más extremo.




Pero la que se lleva el premio como la mejor canción del álbum y, tal vez, la mejor de toda la historia de la banda es la siguiente, Metal Shock. Una de las canciones favoritas de un servidor, es una obra maestra de progresión musical con el histrionismo y drama que es necesario en una pieza de este calibre; solo escuchen cómo Eric ejerce del narrador de ese mundo atormentado en las letras. Luego de un inicio que puede casi ser considerado como un preludio, la canción evoluciona a un Speed Metal arrasador donde toda la banda –como es la costumbre en el álbum- hacen unas voces de fondo matadoras. Pero lo que me mata, lo que me sorprende siempre que escucho esta canción, es ese interludio donde Newsted se despacha un solo de bajo tremendo y deja entrever lo que Metallica se perdió al castrarlo, musicalmente hablando. Uno de esos temas que valen su peso en oro y donde cada maldito segundo cuenta. Brillante.



Antes de tomar un respiro, nos bombardean con She Took An Axe, que es un corte de riffs afilados, pero con un poco más de ritmo y gancho que en las otras canciones aceleradas. Eric lo hace bastante bien, como en todo el trabajo, y David Smith se despacha otra buena actuación. Por el otro lado, U.L.S.W., es tralla, tralla y más tralla; un tema bastante directo y que se me hace el más discreto de la obra, si les soy sincero. Eso no evita que tenga su punto o que no pueda gustarles.



Der Führer, la canción que narra las atrocidades del dictador Adolfo Hitler, terminaba la versión original del trabajo. Con melodías muy a lo Randy Rhoads de los guitarristas en el comienzo, se convierte en un asalto sonoro que es avasallador y una justa representación del sonido de la banda en su etapa primigenia; fue la primera canción que escuché del grupo y que me cautivó enseguida. Escuchen ese estribillo con voces militares que exclaman “Zeig Heil! All hail! Zeig Heil!” con autoridad. Uno de los puntos más fuertes y solidos de todo el trabajo. En la versión de CD, la instrumental Flotzilla –que irónicamente fue un single del álbum y no entró en el mismo- es la que termina el trabajo y lo acaba en una nota alta con unos arreglos complejos, con momentos para brillar de cada instrumentista y dejando una sensación de satisfacción al saber que nos hemos escuchado algo brillante. Algo soberano.




Lo que hubiera sido un tour excitante y prometedor luego de la publicación de semejante obra se tornó en un episodio clave en la historia de Flotsam and Jetsam: el desgraciado suceso de la muerte de Cliff Burton, el bajista de Metallica, hizo que muchos bajistas hicieran audiciones para reemplazar al espigado fallecido. Jason Newsted era amigo de un trabajador de Elektra Records, el sello de ese entonces de la banda de Lars, y así pudo conseguir la audición por el puesto. En un gesto de señorío y de hermandad, los guitarristas ayudaron a Jason a ensayar las canciones de los Jinetes para que llegara bien aceitado a la prueba. David Smith recordaría muchos años después que el bajista era una persona muy decidida y que siempre cumplía lo que se proponía; que eso lo hacía un individuo muy importante en el grupo. Fue la marcha de Newsted la que les hizo perder ese componente de talento, perseverancia y, me atrevería decir, urgencia por componer material más desafiante; llegaría el magno No Place For Disgrace, pero ése trabajo contaría con la impronta del bajista en algunas piezas. Se perdió ese elemento que había hecho a la banda tan especial.



Al final del día, sin importar que no hayan hecho dinero ni conseguido fama, Flotsam and Jetsam se despacharon un debut para la eternidad; un trabajo que todo metalhead debería escucharse una vez en la vida porque les aseguro que al menos un tema los van a atrapar. Aquí en Doomsday for the Deceiver hay para todos los gustos: velocidad, agresión, melodía, vocales trabajadas, técnica y variedad en el sonido. 1.986 fue un año demoledor para la música Metal y estos chicos de Arizona la tuvieron muy difícil para sobresalir; pero pueden mirar atrás y estar seguros de que dieron en la tecla con este trabajo. Doomsday for the Deceiver es uno de esos trabajos que más me han sorprendido en mi vida como oyente y amante de esta música; es un álbum que no debe envidiarle nada más a los grandes que sus cuentas bancarias.